—Hay sus excepciones, y Celia, que es muy soberbia, no es imposible que por lo mismo que quiere mucho olvide pronto. Del amor al odio no hay más que el salto de una pulga.

—Esa, al fin, es una esperanza.

—Te juro que le ha de costar mucho trabajo engañarla y engañarme a mí. Yo conozco mejor que él el flaco de Celia y tengo esta ventaja. Ahora poco le dije a ella una cosa que la puso como candela. Está que trina contra el individuo. Ya se le pasará la rabieta, pero volveré a la carga y estoy segura que la haré saltar las trancas... Todo lo que sea alejarla de él, es acercarla a...

No le dejó concluir la frase José Dolores. Se sonrió tristemente, y diciendo a su hermana que no le esperase, se marchó en dirección de la calle del Aguacate. Nemesia entró en su cuarto repitiendo cual si hablara con otro:

—¡Cómo que yo me mamo el dedo! No siempre había de trabajar para el inglés. Si no ha de ser para mí, que no sea para ella tampoco. El es muy enamorado y le gustan mucho las pardas. No es tan difícil la cosa como parece. Veamos si de una vía hago dos mandados. Ella para José Dolores y él para mí. Se puede, se puede...

Ahora corresponde que volvamos al sarao en la Filarmónica donde hemos dejado a Leonardo Gamboa en las filas de la danza con Isabel Ilincheta. Comprendiendo bien ella el carácter de su pareja, no le dio queja ninguna sobre su falta de puntualidad en escribir, ni de su aparente desvío; le habló, al contrario, de asuntos indiferentes: de los amigos mutuos en el campo; de las ocurrencias en el partido de Alquízar; del rosal rojo que él había injertado en el rosal blanco del jardín fronterizo del cafetal; del naranjo a cuya sombra, las pascuas pasadas, habían comido tantas veces las naranjas más dulces que producía la finca; de la hija mayor del mayoral de su padre, que, para casarse, como se casó, en la Ceiba del Agua, se había fugado con un joven guajiro del pueblo.

—Tía Juana, añadió Isabel, se empeñó con el padre y lo hizo reconciliarse con la hija. Así es que los novios hoy día están hechos cargo del sitio de papá, en que sabe Vd. se crían gallinas y se ceban algunos animales. La muchacha se quedó con su marido, y su padre, nuestro mayoral, tuvo que salir. Yo lo sentí por su esposa, porque era una buena mujer y nos acompañaba bastante; pero, desde que se casó la hija, se le puso el humor atroz: no dejaba resollar a los negros, los castigaba por cualquier falta, siempre con verdadera sevicia, hasta que papá le despidió. Al presente pasamos algunas soledades, y nuestras salidas en el cafetal se reducen a ir al sitio todas las tardes y volver a las puestas del sol. Cuando hace luna...

—Te acuerdas de mí, ¿no es eso? la interrumpió Leonardo, con indiscreto despecho, al ver su glacial indiferencia.

—Naturalmente, contestó ella, al parecer sin notar lo que pasaba por su compañero. No puedo olvidar que en tardes divinas, como son todas las de invierno en el campo, más de una vez hemos hecho juntos ese paseo en compañía de Rosa y de tía Juana.

—Te encuentro algo cambiada, observó el joven después de breve rato de silencio.