—¿Qué es él de ella? Quisiera saberlo.
—Yo, verdaderamente, no lo sé. A veces me se figura que es mucho cuidado el suyo para mero enamorado...
—¡Si será su padre! Señó Uribe cree a puño cerrado que lo es y sostiene que la madre vive. ¿Pero dónde está la madre? ¿Quién la conoce? ¿Quién la ha visto?
—Eso es lo que yo digo.
—Ahí tienes. Yo me tengo tragado que el padre y el hijo están enamorados de Cecilia hasta la punta del pelo.
—Puede ser, hermana, porque se han visto muchos de esos casos en el mundo. Ella preferirá al hijo...
—Se entiende, y ¿quién no preferiría el joven al viejo?
—La hermosura de Cecilia será al fin la causa de su perdición. ¿Qué puede esperar ella de esos dos blancos? ¿El viejo quizás le dé dinero, lujo y cuidados, mas el joven...? Este no es posible que se case con ella; gracias si la toma de querida por algún tiempo, se fastidia y la deja con dos o tres hijos el día menos pensado. Yo no sé qué será de mí si tal cosa sucede. No quiero pensar en eso.
—Ella te tiene voluntad, pero no amor. Bien claro que lo veo. Sin embargo, si yo pudiera hacer que olvidara a Leonardo, estaba vencida la principal dificultad.
—La que bien quiere, tarde o nunca olvida.