—Cerca de ocho años, dijo Gómez. Marzán es curro y del Revollar montañés como nosotros, y siempre han vivido como perro y gato en sus cafetales del Cuzco.
—No creo que hace tanto tiempo, interpuso Madrazo.
—Sea como fuere, continuó Mañero, el caso es que la chicuela esa de padre blanco y madre negra no tiene arriba de siete años de edad y...
No continuó Mañero, porque en aquel instante se acercó a Madrazo un hombre sin sombrero, le tocó en el brazo, le llamó por su nombre y le atrajo a una de las covachuelas de que antes hemos hablado. Madrazo con la mano abierta indicó a sus amigos que le esperaran, y desapareció entre la multitud de gente, casi toda a pie, que llenaba la pieza.
—¿No se los decía? añadió Mañero hablando con Gómez y Gamboa. Madrazo ha hecho el remate de María de la O con sus cuatro hijos, uno de los cuales, o el diablo me lleve o es la mismísima efigie del rematador, y el pregón no ha sido una farsa para guardar las apariencias y mostrar imparcialidad con el amigo Marzán. Al fin tiene entrañas de padre y se porta como buen amo: no habrá extrañamiento ni dispersión de la familia.
Según debe haberlo comprendido el lector avisado, aquellas eran las escribanías públicas de la jurisdicción judicial de La Habana. Componíanse de un saloncito cuadrilongo con puerta al pórtico y ventana de rejas de hierro al patio del palacio de la Capitanía General de Cuba. Eran unas diez o doce al frente, unas tres más había en el costado del norte o calle de O'Reilly y otras tantas o más en la de Mercaderes, entre éstas la de hipotecas. De medio día a las tres bajaba la audiencia, como se decía allí, y los oficiales de causa, junto con los procuradores, que venían a tomar nota de los autos en los pleitos a su cargo, los escribanos que daban fe, uno u otro abogado de poca clientela y aún bachilleres en derecho que comenzaban la práctica de los juicios por su propia cuenta, llenaban las escribanías hasta el exceso. Fuera de esto, el cuarto no era nada amplio y estaba flanqueado de mesas cargadas de tinta y de papeles o procesos, y detrás de ellas, arrimados a las paredes, había anchos y altos armarios, con redes de alambre o cuerda por puertas para que se viesen entre sus entrepaños los numerosos protocolos forrados de pergamino cual códices de antiguas bibliotecas.
El hombre sin sombrero llevó a Madrazo a la derecha de la escribanía, ante la primera mesa, algo más grande y decente que las demás, pues tenía barandilla, y el tintero se conocía que era de plomo, es decir, que no estaba tan cargado de tinta. El individuo que ocupaba una silla de vaqueta detrás de dicha mesa, se puso en pie lleno de respeto luego que vio al hacendado, le saludó con amabilidad y en voz alta pidió los autos de Revollar contra Marzán. Traídos por el hombre del pregón y abiertos por una hoja que estaba doblada longitudinalmente, apuntó con el índice de la mano izquierda para una providencia compuesta de unos pocos renglones manuscritos, y dijo a Madrazo que pusiera debajo su firma. Hízolo así éste, con una pluma de ganso que le alcanzó el escribano, y saludando, fuese enseguida a reunirse con sus compañeros.
Capítulo VIII
Hecha la ley, hecha la trampa.
Proverbio castellano.