Mira, como se sabe, hacia la Plaza de Armas o el Este el frontispicio del palacio de la Capitanía General de Cuba. La entrada es amplia, especie de zaguán, con cuartos a ambos lados, cuyas puertas abren al mismo, y sirven, el de la izquierda para el oficial de guardia, el de la derecha para cuartel del piquete. Los fusiles de los soldados descansaban en su astillero, mientras la centinela, con el arma al brazo, se paseaba por delante de la puerta.

Tenía Mañero formas varoniles, maneras distinguidas y vestía traje de etiqueta, como que debía presentarse con decencia ante la primera autoridad de la Isla. No era, pues, mucho tomarle, a primera vista, por un gran personaje. Además, habiendo servido en la milicia nacional durante el sitio de Cádiz por el ejército francés en 1823, había adquirido aire militar, al que daba mayor realce el cabo de una cinta roja con crucecita de oro, que solía llevar en el segundo ojal del frac negro. Luego que Madrazo se reunió con sus amigos, Mañero se volvió de pronto y a su cabeza marchó derecho a la entrada del palacio.

Reparó entonces en él la centinela, cuadróse, presentó el arma y gritó:

—¡La guardia! El Excelentísimo Señor Intendente.

Armáronse en un instante los soldados de facción con su caña hueca, púsose a su cabeza el oficial con la espada desnuda, y la caja empezó a tocar llamada. El grito de la centinela y el movimiento de los soldados llamaron la atención de Mañero y de sus amigos, los cuales, a fin de despejar el campo, apresuraron el paso; pero como les presentasen armas y el oficial hiciese el saludo de ordenanza, comprendieron que uno de ellos, el que marchaba delante, había sido tomado por el Superintendente de Hacienda, don Claudio Martínez de Pinillos, con quien, en efecto, tenía alguna semejanza. No tardó, sin embargo, en reconocer el error el oficial de guardia, y en su enojo mandó relevar la centinela y que guardara arresto en el cuartel, por el resto del día.

Los cuatro amigos entonces, reprimiendo la risa para no excitar más la cólera del teniente de facción, emprendieron la subida de la ancha escalera del palacio. Una vez en los espaciosos corredores, a la desfilada y con sombrero en mano, se dirigieron a la puerta del salón llamado de los Gobernadores. En ella estaba constituido un negro de aspecto respetable, quien a la vista de los extraños que se acercaban, se puso en pie y se les atravesó en el camino, como para pedirles el santo y seña.

En pocas palabras le manifestó Mañero el objeto de la embajada; pero antes que el negro replicase, se presentó un ayudante del Capitán General, e informó que S. E. no se hallaba en el palacio sino en el patio de la Fuerza, probando la calidad de un par de gallos finos o ingleses que había recibido de regalo de la Vuelta-Abajo recientemente.

—No tengan Vds. reparo en ir a verle allá, si urge el asunto que les trae a su presencia, añadió el ayudante notando la incertidumbre de los recienvenidos; porque S. E. suele dar audiencia en medio de sus gallos de pelea, hasta al general de marina, a los cónsules extranjeros...

Aunque la cosa urgía sin duda, pues iba a reunirse pronto la comisión mixta para dar un fallo decisivo sobre si eran buena presa el bergantín Veloz y su cargamento, o no, gran alivio experimentaron Gómez Madrazo y Gamboa especialmente, así que se convencieron de que podía verificarse la entrevista con el Capitán General algo después y en sitio menos aristocrático e imponente que su palacio. Entre la Fuerza y la Intendencia de Hacienda, detrás de los pabellones en que más adelante se estableció la escribanía de la misma, había y hay un patio o plaza, dependencia del primero de estos edificios, donde el Capitán General don Francisco Dionisio Vives había hecho construir en toda forma una valla o reñidero de gallos con su piso de serrín, galería de bancos para los espectadores, en suma, una verdadera gallería. Allí se cuidaban y se adestraban hasta dos docenas de gallos ingleses, que son los más pugnaces, producto de crías famosas de la Isla y regalos todos que de tiempo en tiempo habían hecho al general Vives individuos particulares, bien conocida como era de todos su afición a las riñas de esa especie. Y allí tenían efecto también éstas de cuando en cuando, sobre todo, siempre que se le antojaba a S. E. obsequiar a sus amigos y subalternos con uno de esos espectáculos que, si no bárbaro como el de las corridas de toros, no dejan de ser crueles y sangrientos.

El individuo a cuyo cargo corría el cuidado y doctrina de los gallos del Capitán General de Cuba, era hombre de historia, como suele decirse. Le llamaban Padrón. Había cometido un homicidio alevoso, según decían unos; en defensa propia según otros; lo cierto es que, preso, encausado y condenado a presidio en La Habana, mediante los ruegos y representaciones de una hermana suya, joven y no mal parecida, y la influencia del Marqués don Pedro Calvo, que le abrigaba y protegía, vista su habilidad en el manejo de los gallos finos, Vives le hizo quitar los grillos y le llevó al patio de la Fuerza donde, a tiempo que cuidaba de la gallería de S. E., podía cumplir el término de su condena, sin el mal ejemplo ni los trabajos del presidio. Quieren decir que Padrón había cometido otras picardihuelas además del homicidio dicho y que los parientes del muerto habían jurado eterna venganza contra el matador. Pero ¿quién se atrevía a sacarle del patio de la Fuerza, ni del amparo del Capitán General de la Isla? Padrón, pues, el penado Padrón, sin hipérbole, se hallaba allí protegido por una doble fuerza.