En el patio de aquélla de que ahora hablamos, se presentaron sin anunciarse, con sombrero en mano y el cuerpo arqueado, en señal de profundo respeto, nuestros conocidos, los asendereados tratantes en esclavos, Mañero y amigos. Ya los habían precedido en el mismo sitio varios personajes de cuenta, entre otros el comandante de marina Laborde, el mayor de plaza Zurita, el teniente de rey Cadaval, el coronel del regimiento Fijo de La Habana Córdoba, el castellano del Morro Molina, el célebre médico Montes de Oca, y otros de menor cuantía. Con excepción de Laborde, Cadaval, Molina y un negro joven que ceñía sable y lucía dos charreteras doradas en los hombros de su chaqueta de paño, los demás se mantenían a respetable distancia del Capitán General Vives, quien a la sazón se hallaba arrimado a un pilar de madera que sostenía el techo de la valla por la parte de fuera de las graderías.
La atención de este personaje estaba toda concentrada en las carreras y revuelos de un gallo cobrizo y muy arriscado, al cual Padrón provocaba hasta el furor, dejando que otro gallo que tenía por los encuentros en la mano izquierda le pegara de cuando en cuando un picotazo en la cabeza rapada y roja como sangre. Vestía Padrón a la usanza guajira, quiere decirse: de camisa blanca y pantalón de listas azules ceñido a la cintura por detrás con una hebilla de plata, que recogía las dos tiras en que remataba la pretina. No sabemos si por dolencia, por abrigo o por costumbre, tenía la cabeza envuelta en un pañuelo de hilo a cuadros, cuyas puntas formaban una lazada sobre la nuca. Los zapatos de vaqueta apenas le cubrían los pies pequeños y el empeine arqueado como de mujer, y sin calcetines. Por respeto sin duda al Capitán General, sujetaba el sombrero de paja con la mano derecha, apoyada por el dorso en la espalda. Era de talla mediana, enjuto, musculoso, fuerte, pálido, de facciones menudas, y podía contar 34 años de edad.
No era mucho más aventajada la talla del Capitán General don Francisco Dionisio Vives, el cual vestía frac negro de paño, sobre chaleco blanco de piqué, pantalones de mahón o nankín y sombrero redondo de castor, siendo el único distintivo del rango que ocupaba en el ejército español y en la gobernación político-militar de la colonia, la ancha y pesada faja de seda roja con que se ceñía el abdomen por encima del chaleco. Ni en su aspecto ni en su porte había nada que revelara al militar. En la época de que hablamos podía tener él cincuenta años de edad. Era de mediana estatura, como ya se ha indicado, bastante enjuto de carnes, aunque de formas redondeadas, como de persona que no había llevado una vida muy activa. Tenía el rostro más largo que ancho, casi cuadrado; las facciones regulares, los ojos claros, el cutis fino y blanco, el cabello crespo y negro todavía, y no llevaba bigote, ni más pie de barba a la clérigo. Sí, aquel hombre no tenía nada de guerrero, y, sin embargo, su rey le había confiado el mando en jefe de la mayor de sus colonias insulares en América, precisamente cuando parecían más próximos a romperse los tenues y anómalos lazos que aún la tenían sujeta al trono de su metrópolis.
Aunque la traición de don Agustín Ferrety había puesto en manos de Vives sin mayor dificultad los principales caudillos de la conspiración conocida por los Soles de Bolívar en 1826, muchos afiliados de menos metas, si bien no menos audaces, pudieron escapar al Continente y desde allá, por medio de emisarios celosos, mantenían viva la esperanza de los partidarios de la independencia en la Isla y llevaban la zozobra al ánimo de las autoridades de la misma.
La prensa había enmudecido desde 1824, no existía la milicia ciudadana, los ayuntamientos habían dejado de ser cuerpos populares, y no quedaba ni la sombra de libertad, pues por decreto de 1825 se declaró el país en estado de sitio, instituyéndose la Comisión Militar permanente. El paso repentino de las más amplias franquicias a la más opresiva de las tiranías, fue harto rudo para no engendrar, como engendró, un profundo descontento y un malestar general, con tanto más motivo cuanto que en los dos cortos períodos constitucionales el pueblo se había acostumbrado a las luchas de la vida política. Privado de esa atmósfera acudió con más ahinco que antes a las reuniones de las sociedades secretas, muchas de las cuales aún existían a fines del año de 1830, no habiéndolas podido suprimir el gobierno con la misma facilidad que había suprimido las garantías constitucionales. La conspiración fue desde allí un estado normal y permanente de una buena parte de la juventud cubana. Tomaba creces y se extendía a casi todas las clases sociales la agitación más intensa en las grandes poblaciones, tales como La Habana, Matanzas, Puerto Príncipe, Bayamo y Santiago de Cuba.
En todas ellas hubo más o menos alborotos y demostraciones de resistencia, porque tardó algún tiempo antes que el pueblo doblara la cerviz y se sometiera al yugo de la tiranía colonial. Numerosas prisiones se habían efectuado en todas partes de la Isla, saliendo de ellas para el extranjero cuantos pudieron eludir la vigilancia de la policía, muy obtusa y de organización deficiente entonces.
A todas éstas la metrópolis no tenía marina de guerra digna de este nombre; se reducía a unos pocos buques de vela viejos, pesados y casi podridos. Con excepción de La Habana, no había verdaderas plazas fortificadas. Muy escasa era la guarnición veterana, y sobre escasa había cundido en sus filas la insubordinación. Componíase de cumplidos y de capitulados de México y Costa-Firme, y ni todos sus jefes generales eran españoles; los había también naturales del país o criollos en las tres armas, y éstos nunca podían inspirar confianza al más suspicaz de los gobiernos que ha tenido España, si se exceptúa el de Felipe II.
Por otra parte, el desorden de la administración de la colonia, la penuria del erario, la venalidad y la corrupción de los jueces y de los empleados, la desmoralización de las costumbres y el atraso general, se combinaban para amenazar de muerte aquella sociedad que ya venía trabajada por toda suerte de males de muchos años de desgobierno. Durante los seis que duró el mando de Vives, ni la vida, ni la propiedad estaban seguras, así en las poblaciones como en los campos. De éstos se enseñoreaban cuadrillas de bandoleros feroces que todo lo ponían a sangre y fuego. En los mares circunvecinos cruzaban triunfantes los corsarios de las colonias que acababan de emanciparse y destruían el mezquino comercio de Cuba. En las islitas adyacentes se abrigaban piratas que para ejercer el contrabando apresaban los buques escapados de los corsarios y, después de robarles, mataban a los tripulantes y hacían desaparecer toda huella del crimen con el fuego.
Tal era, en resumen, el estado de cosas en la isla de Cuba hasta bien entrado el año de 1828. Y es perfectamente claro que, sin la oficiosa intervención de los Estados Unidos en 1826, se habría llevado a efecto la invasión de las dos Antillas españolas por las fuerzas combinadas de México y de Colombia, de acuerdo con los planes de Bolívar y los deseos de los cubanos, una diputación de los cuales fue a encontrarle con ese objeto cuando volvía vencedor de los famosos campos de Ayacucho. Suceso éste que, realizado, infaliblemente hubiera sido el golpe de gracia al dominio español en el Nuevo Mundo. En tan críticas circunstancias, al menos para neutralizar las maquinaciones de los enemigos de España en el interior de la colonia, se requerían las artimañas de un diplomático más bien que la espada de un guerrero; un hombre de astucia y de doblez, más bien que de acción; un hombre de intriga, más bien que de violencia; un gobernante humano por política, más bien que severo por índole; un Maquiavelo, más bien que un duque de Alba, y Vives fue ese hombre: escogido con grande acierto por el más despótico de los gobiernos que ha tenido España en lo que va del presente siglo, para la gobernación de Cuba.
Mucho se alegró don Cándido Gamboa de encontrarse un conocido en el grupo de los cortesanos que venían a saludar al Capitán General en su gallería del patio de la Fuerza. El aspecto de ese sujeto no prevenía nada en su favor, porque sobre ser de baja estatura y raquítico, llevaba la cabeza metida entre los hombros, tenía la cara larga y el color aceitunado, como la persona muy biliosa, siendo su desaliño general, casi repugnante. En sus ojos chicos y de hondas cuencas había, sin embargo, bastante para redimir las faltas y las sobras del cuerpo y del semblante, había fuego e inteligencia. Al saludarle don Cándido, le dio el título de Doctor.