—¿Cómo está Vd.? contestó él en voz chillona y risa que bien pudiera llamarse fría.
Para ello tuvo que levantar la cabeza, porque su interlocutor le sacaba dos palmos, por lo menos, de altura.
—Bien, si no fueran los trotes en que sin quererlo me veo ahora metido.
—Y ¿qué troles son esos? preguntó el Doctor como por mero cumplimiento.
—¡Toma! ¿Pues no sabe Vd. que los perros de los ingleses nos acaban de apresar un bergantín bajo los fuegos del torreón del Mariel, como quien dice en nuestras barbas, so pretexto de que era un buque negrero, procedente de Guinea? Pero esta vez se han llevado solemne chasco: el bergantín no venía de África, sino de Puerto Rico, y no con negros bozales, sino ladinos.
—¡Qué me dice Vd.! Nada sabía. Bien que con los enfermos, no tengo tiempo aun para rascarme la cabeza, cuánto más para averiguar noticias que no me tocan de cerca. Aunque si he de decir a Vd. la verdad, si a alguno le causa perjuicio el celo exagerado de los ingleses es a mí, pues harta falta me hacen brazos para mi cafetal del Aguacate.
—¿Y a quién no le hacen falta? Eso es lo que todos los hacendados necesitamos como el pan. Sin brazos se arruinan nuestros ingenios y cafetales. Y tal parece que es lo que buscan esos judíos ingleses, que Dios confunda. ¿No le parece a Vd., Doctor, que el Capitán General, sobre este punto es de la misma opinión que nosotros?
—¡Hombre! Acerca de este particular no le he oído expresarse.
—Ya, pero pudiera ser que Vd. le hubiese oído declamar...
—¿Contra los ingleses? interpuso el Doctor. Mucho que sí. Por cierto que Tolmé le carga y a duras penas le sufre sus impertinencias y desmanes.