—Buen medido y diestra cuchilla.
—Dios me libre de sus manos.
—Es el que cura a la familia del Capitán General.
En este punto se notó un movimiento en el grupo de las personas que rodeaban a ese personaje más de cerca, cesando desde luego los diálogos en voz baja de las más distantes. Padrón había llevado los gallos a sus respectivas casillas, y Vives saludaba afectuosamente a Laborde, a Cadaval, a Zurita, a Molina y a Córdoba, pasando de uno a otro hasta que llegó al joven negro, arriba mencionado, a quien dijo, sin darle la mano ni más saludarle:
—Tondá, preséntate en Secretaría a recibir órdenes.
Tenemos que hacer un paréntesis en este punto, para decir dos palabras acerca de Tondá. Era el protegido del Capitán General Vives, quien le sacó de la milicia de color donde tenía el grado de teniente, y después de ascenderle a capitán, previa la venia de S. E. el rey, de facultarle para usar el don y ceñir sable, le dio comisión para perseguir criminales de color en las afueras de la ciudad, sin duda por aquello de que no hay peor cuña que la del mismo palo.
Y en este caso, como en otros muchos que pudieran citarse, se echaron bien de ver el tacto y tino con que solía Vives escoger sus hombres. Parece ocioso agregar que el protegido llegó en breve a distinguirse por su actividad, celo y astucia en la averiguación de los crímenes, la persecución y captura de los criminales. En estas empresas difíciles cuanto riesgosas, le ayudaron mucho su juventud y robustez, su presencia, que era gallarda, su educación regular, sus finas maneras y modesto porte, en fin, su valor sereno, que a veces llevaba hasta la temeridad; prendas éstas que al paso que le ganaron la admiración de las mujeres, le dieron ascendencia mágica en el ánimo fantasioso de las gentes de su raza. Y como a menudo acontece con los personajes novelescos, el pueblo le compuso y dedicó canciones y danzas alusivas a sus hechos más notables, y le dio un apodo que de tal modo ha oscurecido, apagado su nombre patronímico, que hoy, al cabo de cuarenta años, sólo podemos decir que le llamaban Tondá.
Empleado activo y leal, tardó en cumplir la orden recibida lo que tardó en pasar del patio de la Fuerza a los entresuelos del palacio de la Capitanía General. Desempeñaba entonces la secretaría política don José M. de la Torre y Cárdenas. Este, aunque recibió a Tondá con semblante risueño, no le brindó asiento, ni a derechas contestó a su respetuoso saludo; sólo se ocupó de decirle que en la noche anterior, por parte del Comisario del barrio de Guadalupe, Barredo, se sabía que se había cometido un crimen atroz en la calle de Manrique esquina a la de la Estrella, y que S. E. deseaba se hiciese la pronta averiguación del hecho, a fin de descubrir el autor o autores, y se pudiera perseguirlos sin descanso hasta capturarlos y entregarlos a los tribunales; porque estaba empeñado en hacer un señalado escarmiento.
Enseguida le llegó su turno a los de la comisión, y Mañero expresó su embajada lisa y llanamente, reducida a decir que no procedía en ley ni en justicia se declarase buena presa, si se declaraba por la comisión mixta, la del bergantín Veloz, ahora mismo en el puerto de La Habana, aunque traía un cargamento de negros, pues como atestaban sus papeles, despachados en toda forma, venía de Puerto Rico y no de las costas de África directamente; y aun cuando se considerase contrabando el tráfico en esclavos con esta última, no lo era respecto de la primera, que por fortuna aún pertenecía, al par de Cuba, a la corona de S. M. el rey de España e Indias, don Fernando VII, Q. D. G.
Sonriose el General Vives y dijo al postulante que le presentara un memorial expresivo de todas las razones y hechos alegados, que él lo pasaría a la comisión mixta con los papeles del buque; que ya tenía noticias de lo ocurrido, por boca del mismo cónsul inglés, el cual se le había presentado antes de la hora de audiencia en compañía del comandante del apresador, el Lord Clarence Paget, y añadió con cierta severidad de tono y de semblante: