—¿Pues no se refería Vd. a la madre?

—Pregunto por la chica, la que conocí en la Real Casa Cuna. Prometía ser un pimpollo cuando grande.

—Ya, acabáramos para mañana. El enredo nace de que tengo por chica cualquier moza, como sea de pocos años, y la madre, en rigor, no pertenece a esa categoría.

—Recordará Vd., dijo el Doctor, que yo no curaba a la mujer que Vd. dice, sino Rosaín, aunque me consultó varias veces el caso. No tenía idea de que la enferma del callejón de San Juan de Dios tuviese nada que ver con la chica de la Real Casa Cuna. Ahora me desengaño. Padecía de fiebre puerperal en combinación con una meningitis aguda...

En este punto Gamboa cortó bruscamente la conversación y volvió a reunirse con sus amigos, y Mañero le preguntó:

—¿Qué ha sido ello? ¿Gato encerrado?

—No, gata, replicó Gamboa prontamente.

—Lo presumía, dijo Mañero con naturalidad. Tú fuiste siempre aficionado a las empresas gatunas. Pero ¿quién es con mil de a caballo ese hombrecito que llamas Doctor?

—Pues qué, ¿no le conoces, hombre?... El Doctor don Tomás de Montes de Oca.

—Le había oído mentar. No le había visto la facha, sin embargo. Figura asaz ridícula, y ainda mais...[37]