—Pues bien, ellos y los otros interesados estarán y pasarán por todo lo que yo acuerde con Vd. Si Vd. cree que S. E. acepte un regalito de unos cuantos centenares de onzas...
—Deje Vd. eso a mi cargo. Yo sé como entrarle a S. E. Le hablaré esta noche misma. Véanle Vds. primero. Y ahora que me acuerdo, ¿qué se hizo de la chica aquélla?...
—¿Cuál? No atino, dijo Gamboa poniéndose colorado.
—Pobre memoria tiene Vd., según parece. Bien que de eso hace ya algún tiempo, pero Vd. estaba muy interesado, pues me recomendó mucho la asistencia de la chica.
—Ya ése es otro cantar... En Paula...
—¿Cómo en Paula? ¿Enferma?
—Peor que eso, Doctor. Creo que ha perdido el juicio sin remedio.
—¡Qué me cuenta Vd.! ¿Tan joven?
—No tanto.
—Jovencita, digo. Veamos, ¿qué tiempo hace? Dieciséis o diecisiete años. Fue en 1812 ó 1813. Sí, estoy seguro. No puede ser más joven.