Esta volvió a sentarse, tal vez porque le llamaron la atención las palabras, y más la actitud de su hija, indicativas todas de extraordinaria agitación y zozobra.

—Vamos, te escucho. Di.

—Pero tú no te negarás a mi ruego.

—No sé qué quieres de mí; mal puedo decir de antemano si me negaré o no. Supongo, sin embargo, que es una de tus boberías. Acaba.

—¿No crees tú, mamá, que ya María de Regla ha purgado la culpa?...

—¿No lo dije? la interrumpió doña Rosa enojada. ¿Y para esa necesidad me detienes y me ruegas que te oiga? ¿Ni quién te ha dicho que esa negra está purgando culpa alguna?

—¿Por qué la tienen tanto tiempo en el ingenio?

—¿Y dónde estaría mejor la muy perra?

—¡Jesús, mamá! Me duele que hables así de quien me crió.

—Ojalá que nunca te hubiera dado de mamar. No sabes tú cuánto me ha pesado la hora en que te puse en sus manos. Pero bien sabe Dios que lo hice a no poder más. No me hables de María de Regla, no quiero saber de ella.