—Creía que la habías perdonado.
—¡Perdonado! ¡perdonado! repitió doña Rosa alzando la voz. ¡Jamás! Para mí ya ella ha muerto.
—¿Qué te ha hecho para tanto rigor?
—¿Quién la trata con rigor?
—¿Te parecen pocos los trabajos del ingenio? ¿El maltrato que le dan?
—No sé yo que la maltraten más de lo que ella merece.
—Pues todos dicen que sí.
—¿Quiénes son esos todos?
—Uno de ellos creo que ha sido el patrón Sierra que estuvo aquí la semana pasada, cuando vino por las esquifaciones para el ingenio.
—Lo que extraño es que el patrón hablase contigo.