Promediaba el mes de noviembre de 1830. Los vientos del norte ya habían arrojado sobre las playas cubanas las primeras aves de paso de la Florida, probando así que se había adelantado el invierno en el opuesto continente. El mar a menudo se hinchaba y con bramidos atronadores rompía contra los arrecifes de las costas que sembraba por largo trecho de blanca espuma, de conchuelas y sedimentos salinos.
A las cuatro de la mañana no había bastante claridad en las calles de La Habana, ni a cierta distancia se reconocían las personas, excepto aquéllas, pocas en verdad, que llevaban un farolito encendido balanceándose en la mano, mientras a paso acelerado se dirigían, bien a los mercados, bien a los templos; en algunos de los cuales se oía a medias el órgano con que las monjas o los frailes acompañaban el canto de los maitines.
Hacía aún noche, decimos, y ya don Cándido Gamboa, en su bata de zaraza y gorro de dormir, se hallaba asomado al postigo de la ventana de la calle, abrigado tras de la cortina de muselina blanca, en espera de El Diario de la Habana, o para respirar aire más libre que el pesado de la alcoba.
A poco más empezó a oírse el ruido, al principio sordo, después más vivo, de los pasos de alguien que se acercaba de la parte de la Plaza Vieja. Hacia allá tornó los ojos don Cándido; mas no vino a salir de dudas hasta que tuvo delante la persona en cuestión. Vestía traje de cañamazo, compuesto de una especie de chal para cubrirse la cabeza y de la falda corta que ceñía a la cintura con una correa de cuero larga y negra. Contribuía además a disfrazarla, el color cobrizo mate del rostro, propio de los mulatos, mayormente cuando van para viejos, que le daba la apariencia de mujer de la raza india.
—Buenos días, señor don Cándido, le dijo en tono gangoso.
—Téngalos muy buenos la seña Josefa, contestó él procurando bajar la voz. Temprano ha madrugado.
—¿Qué quiere el señor? Quien tiene cuidados no duerme.
—Pues, ¿qué se ofrece de nuevo? Al grano.
—Se ofrece mucho y me pareció que si me dilataba hasta la venida del día, la cosa no tenía remedio.
—Entiendo. La orden que se ha dado el otro día por la Capitanía General sobre pordioseros y locos trae aquí a seña Josefa. La esperaba.