—Lo acertó el señor. No sé como tengo vida, ni cuando acabarán mis tribulaciones. Se creía al principio que sólo iban a recoger a los pobres y los locos que andan por las calles. Pero ayer por la tarde me dijo la madre de Paula que hasta los locos en las casas privadas y en los hospitales van a ser trasladados a San Dionisio o a una casa que han fabricado en el patio de la Beneficencia. El señor podrá calcular cómo estará mi espíritu con tal noticia. No he cerrado los ojos en toda la noche. Dende que se publicó la orden el corazón me anunció una desgracia.

—Tal vez haya tiempo todavía de remediarla.

—Quiéralo Dios, mi señor, porque si en el hospital la muchacha sufre, ¿qué no será cuando la lleven a San Dionisio, o a la casa nueva, allá por San Lázaro? Ahí no hay quien la cuide ni haga por ella. La tratarán a palos. ¡Y yo que no había perdido la esperanza de verla en su sano juicio y cabal salud! Ahora mi pobre Charito irá por delante, yo por detrás. Acabaremos de pena... Hágase la voluntad de la Virgen Santísima.

—¿Cree la seña Josefa que se podrá hacer algo de provecho en este caso?

—Creo, mejor dicho, seña Soledad, la madre del hospital, cree que si hay una persona de influjo que le hable al Contralor, sujeto muy caritativo y temeroso de Dios, se hará de la vista gorda y no se cumplirá la orden por lo tocante a Charito. Todo depende de él. Tal vez haiga que buscar un médico que dé una certificación. El Contralor es bueno como el pan, y quiere servir, lo mesmo seña Soledad. Conque, para que vea el señor...

—Entiendo, entiendo, repitió don Cándido pensativo. Digo a Vd., por lo tanto, que he consultado a Montes de Oca, quien es de opinión lleven al campo a la enferma y la hagan tomar baños de agua salada. Veremos lo que puede hacerse...

Pero como sintiera pasos en el zaguán, se interrumpió e hizo señas a la anciana mulata para que se alejara a toda prisa.

El toque de diana primero y de seguidas el disparo de cañón a bordo del navío Soberano anclado junto al muelle de la Machina, estremeciendo las ventanas del cuarto, hicieron despertar sobresaltado a Leonardo Gamboa. Sacó lumbre en el mechón de escarzo, y abriendo el reloj, vio que eran las cuatro de la madrugada.—A tiempo, dijo entre sí, y se apresuró a salir de la cama y vestirse. Para esto encendió una vela de esperma, valiéndose de una pajuela, pues aún no se conocían los cerillos en La Habana.

Mientras se peinaba delante del tocador, soltó de repente el peine de carey, volvió a requerir el reloj, y murmuró:

—¡Las cuatro y cuarto! Muy temprano todavía y de aquí allá no podré echar arriba de quince minutos andando despacio. Ella me dijo que cerca de las cinco... ¿No sería mejor aguardar en la esquina? Sí, concluyó diciendo con resolución. Y vestido y perfumado y con la caña de Indias, salió de su cuarto y empezó a bajar la escalera de piedra.