Apoyábase con la mano izquierda en el barandal de cedro, cosa de no dar pisadas recias; mas así que descendió al zaguán, donde no había tal apoyo, antes reinaba gran oscuridad, por más cuidado que puso, aunque no tuviesen tacones sus zapatos de escarpín, hizo demasiado ruido, aquel ruido sordo que se oye cuando uno camina por encima de un suelo hueco, abovedado. No parece sino que se habían despertado de improviso todos los ecos del zaguán y de la sala vecina, donde él sospechaba que podía estar su padre, madrugador por excelencia. Andando a tienta paredes, tropezó con el viejo calesero, quien, acostumbrado a la oscuridad, vio venir desde luego al joven y le salió al encuentro para servirle de guía y evitar que se diera de narices contra la llanta férrea de uno de los carruajes.
—¡Pío! ¿Eres tú? dijo él en voz muy baja. Abre.
—El amo está asomao en la ventana de la calle, contestó el negro.
—¡Diablos! ¿Tiene cerrojo el postigo de la puerta?
—No, señor. Dende que salió Dionisio pa la plaza quité el serojo.
—Abre poco a poco.
No crujieron los goznes; pero ya don Cándido había oído los pasos en el zaguán, y arrimado a la reja tronaba:
—Pío, ¿quién va?
—El niño Lionar, mi amo.
—Sal. Llámale. Detenle. Dile que yo le llamo. Corre, patas de plomo.