Entre tanto volvía el esclavo no cesó don Cándido de ir y venir, muy desazonado, de la ventana de la calle a la reja del zaguán y vice versa, murmurando:

—¿A dónde irá el muy bribón a estas horas? A nada bueno por cierto. Allá ha ido. Claro que sí, por decontado. Le estoy mirando. ¿Y no habrá dejado aquella santa mujer nadie al cuidado?... Tal vez no, lo más probable es que no. A ciertas gentes se les pasea el alma por el cuerpo, se descuidan mucho, no toman precauciones y de aquí provienen las desgracias... El demonio no más podría imaginar un cúmulo de circunstancias... La ocasión, la edad, la tentación, el enemigo malo que no duerme... Yo también me he descuidado. Debí preverlo, evitarlo, sí, impedirlo... Pero ¿cómo? ¡Si yo pudiera dar la cara! Veremos. Le desnuco, le meto en un buque de guerra como me llamo Cándido, y hago que le den chicote a ver si suelta alguna de la sangre criolla que tiene en las venas. No es hijo mío, no. Todo esto se hubiera evitado si le mando a España como tenía pensado hace más de cuatro años. Su madre tiene la culpa. Casi, casi me alegraría de que no le encontrase Pío, porque podría matarle. Tal me siento contra él.

En esto volvió Pío fatigado, sin aliento y dijo:

—Na, lamo, el niño no parece po ningún parte.

—¡Bruto! tronó don Cándido. ¿Por dónde fuiste a buscarle?

—Po la mano e larienda, lamo.

—¿Por la izquierda, quieres decir? ¡Animal en dos pies! Si marchó por la derecha ¿cómo habías de dar con él, pedazo de bestia? Vete. Quítate de mi presencia, porque si Dios no me tiene de su mano, me parece que te destripo de una patada.

A las voces destempladas de don Cándido se asomó doña Rosa a la puerta del aposento que daba a la sala, y asustada preguntó:

—¿Qué ha sucedido, Gamboa? ¿Por qué gritas?

—Pregúntale a tu hijo que acaba de salir por ahí hecho un facineroso.