—¿Un facineroso? No lo entiendo. ¿Ha hecho algo malo? ¿Va a hacerlo?

—No sé mucho más que tú; sin embargo, sospecho, temo, se me ha puesto que el muy bribón va a hacer una de las suyas. Se necesita ser ganso para no sospechar que ese muchacho no ha podido salir a la calle a estas horas en que no se ven ni las manos, y recatándose de mí, para oír misa ni confesarse.

—Quizás ha ido a tomar el fresco, quizás ha querido darte gusto levantándose de madrugada. No hay razón para sospechar nada malo. Tú, al menos, no estás seguro, no lo sabes. ¿Por qué has de pensar siempre mal de tu hijo?

—Porque dice el refrán español: piensa mal y acertarás.

—Te repito, él no ha ido a nada bueno. Le conozco mejor que tú que le pariste. Yo sé lo que he de hacer con él.

—El pobre muchacho no acierta nunca a complacerte. Ni que fuera tu hijastro. Si lo fuera, tal vez serías más indulgente...

—Compadécele. Dios quiera que no tengas que llorarle antes de mucho.

Luego que salió Leonardo a la calle notó que, arrimado a la acera de la izquierda caminaba en la dirección de Paula un bulto oscuro como de mujer. Entre seguirlo hasta cerciorarse de quién podía ser y alejarse de su destino, estuvo un momento titubeando, pero la voz de su padre, que llamaba a Pío, le decidió a marchar la vuelta contraria, a fin de ganar lo más pronto posible la esquina de la calle de Santa Clara. Así lo hizo en segundos de tiempo. Por esta casualidad no le dio alcance el esclavo. En poco más se puso en la calle de O'Reilly, y subió al alto terraplén o terrado del convento de Santa Catalina, lo atravesó de este a oeste y descendió a la calle del Aguacate por la escalera de tres o cuatro escalones mencionada al principio de esta historia, yendo derecho a la casita enfrente de ella.

Pareciéndole que la puerta no estaba cerrada con llave ni tranca, empujó una hoja con la punta de los dedos. Cedió algo, en efecto; por lo cual hizo mayor esfuerzo, rodó la silla en que se apoyaba y se abrió lo bastante para que el joven se deslizara por entre las dos hojas y quedase dentro, sin más ni más. De pronto no vio nada. Allí eran las tinieblas tan espesas como el aire húmedo que llenaba la estrecha pieza. Sin embargo, a favor de la lámpara que ardía aún en el poyo del nicho sobre la izquierda, pudo al fin distinguir al alcance de su mano un par de palomas caseras dormidas en el respaldo de una silla, un gato enroscado en el fondo de un sillón de vaqueta, y una gallina bajo una mesa protegiendo con sus amorosas alas varios pollitos, que asomaban los picos por entre las plumas y empezaron a piar del modo suave y repetido que suelen siempre que sienten temor o frío.

Gradualmente sus miradas fueron elevándose del suelo hasta la altura de la puerta del cuarto del fondo, donde vio algo que le pareció una mujer o visión, de pie, escasamente vestida con un ropaje blanco, y el copioso cabello suelto hecho mil anillos y revueltas ondas, desparramadas por el seno y los hombros sin alcanzar a ocultarlos, con ser tan abundoso y largo. Reconocerse, correr el uno hacia la otra y abrazarse estrechamente en medio de los besos ardientes y sonoros, fue todo uno.