El hospital de Paula no es más que la continuación de la iglesia del mismo nombre, inmediato al ángulo de la muralla, por la parte que da al sudeste de la bahía. Tiene la entrada al norte, abierta en una alterosa tapia de una galería que sirve de pasaje entre la iglesia y el hospital. Precede a la entrada un vestíbulo con tejadillo, que más parece mampara de convento que otra cosa. Allí se estaciona un centinela para impedir el escape de los presos o dementes que reciben asistencia médica en el hospital. Generalmente sólo se admiten mujeres en uno u otro estado, cuando ni el delito es grave, ni la demencia de carácter furioso.
La mujer que había visto Leonardo caminando a paso vivo en la dirección del sur de la ciudad, por la calle de San Ignacio abajo, no paró hasta llegar al vestíbulo de que antes hemos hablado. Empezaba a clarear el horizonte entonces por el lado de oriente. Era su ánimo entrarse de rondón, pero ya la centinela con el sable desnudo se paseaba de un extremo al otro del tejadillo, y se le encaró cerrandole el paso:
—Buenos días tenga Vd., señor militar, dijo la anciana tratando de congraciarse con la centinela.
—Buenos o malos, contestó con rudeza el soldado, hace ratos que acá los tenemos.
—El señor militar parece que no me conoce, agregó ella en tono y actitud suplicatorios.
—No tiene nada de extraño, porque el diablo me lleve si he tenido tratos con brujas.
Se persignó la mujer y añadió que deseaba hablar con seña Soledad, la madre del hospital.
—Tampoco conozco a esa tía, repuso la centinela reasumiendo sus paseos. Por allá dentro nadie se menea. Entrar, entrar y despejar el campo.
En traspasando el umbral del vestíbulo, se está en un gran patio cuadrangular que lo forman, por la derecha el costado de la iglesia y por los otros tres lados unos anchos pasadizos, de los cuales el de la izquierda, por tres anchas puertas conduce a la sala de la enfermería. Varias columnas cuadradas de fábrica de mampostería dividen ésta en dos naves longitudinales, llenas de camas, cuyas cabeceras se apoyan en las paredes maestras del edificio, con lo que queda despejado el centro. No había allí mamparas ni compartimientos, de manera que el observador situado en cualquiera de las puertas, podía registrar con la vista todas las camas. Hacia la bahía o el este, lo mismo que hacia el sur y el norte, había ventanas altas que daban claridad y saludable ventilación a la espaciosa sala.
Apenas la mujer con el cilicio de cañamazo puso el pie en el patio, vio asomar por el lado de la iglesia a la madre seña Soledad, con un farolito, y detrás de ella un clérigo en sotana negra de sarga, sin bonete, llevando en ambas manos, a la altura de su pecho, un copón de plata con tapadera de lo mismo. Ambos caminaban a paso largo y murmuraban ciertos rezos que en el silencio del patio resonaban con los zumbidos de muchos moscones. Se encaminaron derecho a la enfermería y atravesaron la sala de un lado a otro. Al pasar los dos por junto a la anciana, conoció ésta de lo que se trataba y cayó de rodillas exclamando: