—Véala Vd. tan callada, dijo seña Soledad. Cuando está así no habla, no se mueve y cuesta Dios y ayuda que pase un bocado. Otras veces la coge por gritar, como si la estuvieran matando, por llorar o por reírse a carcajadas.

Pero en vano empleó seña Josefa los medios que juzgó más eficaces para moverla. En vano acudió a los ruegos, a las caricias, a las lágrimas; la enferma se mostró insensible a todo, no contestó palabra, no alzó la cabeza, no cambió la posición acurrucada. Claro era que no había tenido conciencia de la escena de muerte que acababa de verificarse en una cama opuesta a la suya, y, por supuesto, no dio señal alguna de haber reconocido la voz familiar de seña Soledad, ni la angustiosa de su desconsolada madre.

En fin, se adelantaba el día y era preciso que seña Josefa se apresurase a volver a su casa, donde había dejado sola a la nieta. Dijo, pues, a la carrera a seña Soledad que el caballero que las protegía a ellas se proponía hacer el último esfuerzo para curar a Charo, si es que aún tenía remedio, y que para ello la llevaría al campo, cerca del mar, en donde respirase otro aire y se bañase a menudo, bajo la vigilancia de un médico.

—Pues a ello, seña Josefa, y que para bien sea, dijo alegre la madre. Lo que es aquí, está visto que esa pobre muchacha no tiene cura. Además, es preciso sacarla o no hay modo de impedir que se la lleven para la nueva casa en la Beneficencia. Todos estos días atrás han andado recogiendo pobres y locos por las calles. Ayer se llevaron a Dolores Santa Cruz, tan alborotosa. Y el Comisario Cantalapiedra ya me ha notificado la orden de traslación de todas las locas en disposición de moverse.

Figurarse puede cualquiera cómo llevaría el corazón seña Josefa después de lo que había visto, escuchado y sentido en el hospital de San Francisco de Paula.

Capítulo XI

...Pero si el vicio mancha su limpieza
Vertiendo en ella su funesto hielo,
Levanta el ángel de su guarda el vuelo,
Y Dios torna a otro lado la cabeza.

Luisa Pérez de Montes de Oca

Era el día claro y calentaba bastante el sol cuando seña Josefa volvió a su casita de la calle del Aguacate. Al parecer nadie allí se había movido, excepto la gallina con sus polluelos, que buscaban la salida al patio por entre el cabio y el quicio de la puerta. El primer cuidado de la anciana fue ver si la nieta reposaba en el alteroso lecho; y satisfecha de que dormía tranquila, se quitó el chal de cañamazo, se desciñó la correa y se dejó caer en la butaca, desalojando para ello al gato, que al ruido de la entrada de su ama entonces se esperezaba, abría tamaña boca y mostraba la roja lengua con los afilados dientes.

En desplomándose dio un profundo suspiro. Apuraba ahora el cáliz más amargo que jamás apuraron labios humanos. Su única hija languidecía en un hospital, privada de los cuidados maternales, falta de juicio y devorada por la consunción, si que ella pudiera valerle en nada. Que no tendría remedio ni alivio mientras continuara en ese lugar, plenamente convencida quedó en aquella mañana seña Josefa, si era que antes abrigaba dudas.