¿Por qué estaba la madre afligida separada hacía tanto tiempo, de la hija doliente y moribunda? Esta separación tenía dieciséis años de fecha, porque, según recordará el lector, María del Rosario Alarcón había perdido el juicio a consecuencia del sentimiento y sorpresa que le produjo el secuestro de su hija recién nacida, para pasarla por la Casa Cuna. Cuando se la devolvieron, bien amamantada y rolliza, ya era demasiado tarde, ya se había apagado en su mente el último rayo de la divina luz. Todavía si su demencia hubiese tomado un carácter manso y tranquilo, habría sido posible dejarla pasar el resto de su vida al lado de la madre y de la hija; pero a veces le entraban accesos de furor, en cuya disposición era difícil sujetarla e impedir que se hiciera daño o le hiciera a los suyos.

Además, aun cuando por no haber casa de dementes en La Habana, admitían en los hospitales, por ejemplo, en el de Paula, algunas mujeres en ese estado, aquéllos cuyas familias no podían guardarlos en sus casas que eran los más, andaban sueltos por las calles, hechos el hazmerreír de los muchachos y el escándalo de las gentes timoratas. Tal, entre otros, Dolores Santa Cruz, a que hizo referencia la madre del hospital de Paula.

Esta negra había sido esclava de la familia distinguida de Jaruco cuyo apellido llevaba. Con su industria y economías había logrado libertarse y reunir un capital. Compró casa y esclavos, dedicándose a la reventa de carnes y frutas, que entonces era negocio bastante lucrativo.

Sin que sepamos el motivo, alguien le disputó en juicio el dominio directo a su pequeña hacienda. Esto la enredó en un pleito largo y costoso, que si bien ganó con costas, en honorarios, sobornos, propinas, entre abogados, procuradores, escribanos, oficiales de causa, jueces y asesores, se consumió el valor de la casita, juntamente con el de las dos esclavas. El resultado fue, que el día menos pensado la pobre mujer se quedó literal, no figuradamente, por puertas.

Golpe rudo debió de haber sido éste para quien amaba mucho el dinero y las satisfacciones que procura. La que siendo esclava fue libre, dueña de esclavos y de fincas, y de nuevo se vio atada al poste de otra esclavitud: la miseria; no era posible sobrellevar el cambio sin que su razón perdiese el equilibrio. Se le desvaneció en efecto, y desde entonces, vestida de harapos, y adornada la cabeza con flores artificiales y pajas, a la Hamlet,[38] recorría día y noche las calles apoyada en un palo largo, de que pendía una jaba, gritando desaforadamente por las esquinas: ¡Po! ¡po! Aquí va Dolores Santa Cruz. Yo no tiene dinero, no come, no duerme. Los ladrones me quitan cuanto tiene. ¡Po! ¡po! ¡Poó!

Figúrese el lector la hija de seña Josefa, madre a su vez desgraciada, revelando al pueblo en sus arrebatos de locura los pasos, los medios y el nombre, quizás, de la persona o personas por cuya agencia se veía en aquel tristísimo estado. No debía darse, y no se dio semejante espectáculo; antes por doloroso que fuese el sacrificio hubo que hacerlo todo entero, como que de ello dependían hasta cierto punto la salud y la felicidad de la inocente niña que había sido la causa indirecta de la desgracia de su madre. Tampoco debía crecer y desarrollar su razón viendo que ésta la había perdido y era el ludibrio de los extraños. Ni había llegado el tiempo, creía la abuela, de que la hija y la madre se conociesen. La separación, pues, podía ser eterna.

Tales pensamientos ocupaban el ánimo de la anciana con más fijeza que nunca en los momentos que llamaron a la puerta de la calle. Cual si despertara de un sueño pesado, levantose a abrir y se encontró con el lechero, isleño de Canarias que en el traje usual de los campesinos, con una botija debajo del brazo y un jarrito de lata en la mano, la saludó en el tono peculiar de su país, con las palabras:

—Pues abriera para mañana la casera. Veríficamente ésta es la tercera vez que le traigo la leche.

—Yo estaba en misa, contestó seña Josefa trayendo la cazuela para recibir la poción láctea.

—Como que iba creyendo que se habían muerto toditos en esta casa.