—Acabo de entrar de la calle.
Después de mirar a la vieja con aire peculiar, añadió:
—Andese con cuatro ojos la casera, continuó el lechero; porque enseña el refrán que el que tiene enemigos no duerme.
—Yo no tengo enemigos, a Dios gracias.
—Parécele a la casera. Toditos tenemos enemigos ocultos en este mundo. ¿No tiene la casera una hija bonita?
—¿Hija? No, señor, nieta.
—Es lo mesmo. Pues en el palmito de esta nieta está el enemigo del reposo de la casera. No hay mozo que no se perezca por los buenos palmitos. El demongo me lleve si esta madrugada mesma no vide por aquí un lindo don Diego. Ahora no me atrevo a decir si estaba juntito a la puerta o a la ventana... Pero de que lo vide lo vide.
—El casero se engaña, observó la anciana desazonada y temblorosa. No estuve fuera sino por corto tiempo, y mi nieta no tiene mozo que le persiga el lindo palmito como dice el casero.
—Dígole a la casera lo que le digo, ándese con cuatro ojos, y no se duerma en las pajas, porque de que lo vide lo vide.
Nuevo motivo de inquietud y de tormento para la desventurada abuela. Sabía que un joven blanco, de familia rica, seguía a su nieta como la sombra al cuerpo, que la hacía regalos costosos, que la facilitaba su carruaje para concurrir a los bailes de las ferias, que ella decididamente se pagaba de esas atenciones y obsequios; pero estaba muy distante de creer, siquiera de sospechar, que él se aprovechase de su ausencia en la iglesia o el hospital para soplarle la nieta, corromperla y malograr su porvenir.