Entonces pensó que la había dejado sola, encomendada a la vecina de la casa inmediata, y bien pudieron los dos amantes ponerse de acuerdo, darse cita de antemano y reunídose allí mismo, mientras ella se andaba por Paula. De cualquier modo, afirmaba el lechero haber visto temprano a la puerta de su ventana o casita a un lindo don Diego.—¿Quién sabe si estuvo dentro? ¿Cúya era la falta si ocurría una desgracia? ¿Sería posible que la nieta siguiese el mismo camino y casi por los mismos medios se perdiese como su desventurada madre?
—¡Ah! exclamó seña Josefa cayendo de rodillas al pie del nicho donde se veneraba la imagen de la Dolorosa. ¡Virgen Santísima! ¿Qué he hecho yo para este duro castigo? ¿Cuál ha sido mi grave culpa? ¿Habré estado toda la vida en pecado mortal sin saberlo? Tú sabes que he sido buena hija, buena hermana y cariñosa madre. Yo he procurado criar mis hijos en el santo temor de Dios. Yo me he desvelado por infundirles sanos principios de moral, de virtud y de religión. Yo cumplo estrictamente con lo que manda la santa madre Iglesia. ¿Por qué consientes, Virgen purísima, amparo de los débiles, madre de misericordia, por qué permites que el Tentador en figura humana aleje a mi nieta, niña inocente, tierna oveja del señor, del camino de la virtud, la empuje al pecado y la haga caer de la gracia divina como a su infeliz madre? ¿Me abandonarás tú también, piadosísima Señora, en éste el más duro trance de mi vida?
Aunque seña Josefa había tomado casi al pie de la letra las ideas y hasta las palabras de los libros de devoción, únicos que leía, no cabe duda ninguna sino que el fervor de su fe religiosa, la consideración de la nueva desgracia que le venía encima, la conciencia de la tremenda responsabilidad que le cabía en caso de salir ciertas sus sospechas, en medio de su poca cultura, la habían inspirado, al punto de improvisar una oración elocuente, por cuanto expresaba con verdad los sentimientos que la dominaban en aquellas circunstancias. Poco fue, no obstante, el alivio que proporcionó a su desgarrado corazón el ferviente desfogue. Porque el aviso del canario, por oportuno y certero, hacía en su pecho el mismo efecto del cuchillo, hincado en las carnes, que si se mueve lascera, si se clava, mata. Tampoco era fácil olvidar las últimas sentenciosas palabras de aquél, no pensar en ellas; antes continuamente resonaban en sus oídos: De que lo vide lo vide.
También resonaron en los oídos de Cecilia, la cual no dormía desde mucho antes que volviese su abuela de la iglesia; sólo que le causaron impresión muy distinta. Encendiéronle el pecho en cólera e indignación. Porque, pensaba ella, ¿quién mete al hombre a dar semejante aviso? ¿Qué le iba ni le venía conque ella tuviese o no tuviese un amante, en que se viese con él o no por la puerta o por la ventana? ¿Por qué insistir en haberle visto? ¡Maldito hombre! ¡No se le hubiera secado la lengua antes de decir lo que dijo! Seguramente también vio al joven entrar o salir, y si no lo afirmó con la misma pertinacia, fue porque la abuela no le dio tiempo ni ocasión.
Pero fuerza era atender a las demostraciones de dolor y sentimiento de la abuela, que parecían extraordinarias y debían tener causa poderosa y legítima. ¿Cuál podía ser ésta? Ignoraba Cecilia lo ocurrido en Paula. Su conciencia alarmada vino a descifrarle el enigma. Había cometido una grave falta admitiendo en su casa, a ocultas de la abuela y contra su expresa orden, al joven blanco con quien cultivaba relaciones amorosas.
Desde ese punto, la soberbia e independiente Cecilia experimentó algo que no había experimentado nunca, algo que no atinaba a explicarse ella misma, una revolución en todo su ser. Es que ante la culpa empezaba a verse débil, temerosa, irresoluta, y tener vergüenza de sí, de su abuela y de sus amigas. ¿Con qué cara se les presentaría ella? El hombre de la leche iba a publicar su falta por todas partes aquella misma mañana. Cuando menos el vecindario ya estaba impuesto de todo, y en cuanto saliera a la calle la señalarían con el dedo y dirían de manera que lo oyese:—Ahí va la muchacha que se aprovecha de la ausencia de su abuela en la iglesia para admitir en su casa al hombre que públicamente la corteja.
Pero en medio de aquella confusión de ideas, comprendió Cecilia sin mayor esfuerzo dos cosas importantes: la una, que tal vez la abuela no estaba aún convencida de su culpa; la otra, que a la tranquilidad de las dos, pues que ya no había remedio, convenía disimular lo más posible hasta averiguar la verdad de lo que pasaba y tomar un partido. En esta disposición, se levantó con tiento, se echó por encima de la camisa un traje y se asomó a la puerta de la alcoba. Aún se hallaba la anciana de rodillas y concluía la improvisada plegaria. Corrió a arrodillarse a su lado, le pasó un brazo por la cintura y, dándole un beso en la mejilla, le preguntó con exquisita ternura:—Mamita, ¿qué tiene su merced? ¿Por qué está tan afligida?
No le respondió palabra la anciana, volvió a la butaca y rompió a llorar en silencio. No hay cosa más pegadiza que el llanto, y Cecilia estaba predispuesta a contraer el mal. Se arrojó en brazos de la abuela y confundió sus lágrimas con las de ella; desahogo necesario de dolores que, sin embargo, tenían contrapuesto origen. Tal vez habrían aprovechado aquella coyuntura para tener una explicación que no podía menos de ser satisfactoria para entrambas, porque así lo predisponía el estado de sus ánimos; pero llamaron de nuevo a la puerta y seña Josefa se apresuró a abrir, enjugándose de camino las mejillas empapadas. Era la vendedora de carne, manteca y huevos, negra de África, con tablero cuadrilongo equilibrado en la cabeza sobre un rodete, y un espanta-moscas, hecho de varetas de palma de coco, en la mano derecha.
Bien por cierta tendencia a la obesidad, por el calor, o por el desaliño natural de la gente de color, el traje de la vendedora consistía de falda de listadillo y camisolín, que cuando limpio debía de ser blanco, y apenas le llegaba a los hombros, quedándose más corto por las espaldas, cuyas partes, junto con los brazos desnudos a la griega o romana y las mejillas redondas y rollizas, le brillaban cual si, a la usanza de su tierra, se las hubiese untado con grasa. Por supuesto, no calzaba zapatos, sino que al caminar arrastraba un par de chancletas con la punta de los dedos. Luego que abrió seña Josefa, depuso el tablero en el quicio de la puerta, y en tono de voz chillona, cuyo volumen no correspondía con el de su cuerpo, dijo:
—Güenos días, caserite. ¿No me toma naa hoy? Entoavía no ha hecho la cru.