—¿No dice su merced que es pecado murmurar de los trabajos y penas que Dios nos manda? Acuérdese que Jesucristo llevó la cruz hasta el calvario.

—¡Pobre de mí! Mucho tiempo hace que he andado la vía crucis, y que estoy en el calvario. Sólo falta mi crucificación, y tal parece que me la tienen decretada aquellos mismos que más quiero en este mundo.

—Si mamita lo dice por mí, mire su merced que comete una verdadera injusticia. Bien sabe Dios que por aliviarle los pesares, de buena gana daría la sangre de mis venas.

—No lo demuestras, no se te conoce. Al contrario, parece que te complaces en hacer siempre lo que yo no quiero que hagas, lo mismo que te prohíbo. Si tú me quisieras como dices no harías ciertas cosas...

—¡Eh! Ya veo por donde va su merced.

—Voy por donde debo ir, por donde va toda madre que estima en algo el porvenir de sus hijos y su propio decoro.

—Si su merced no diera oídos a chismosos, lengua largas, se ahorraría más de un disgusto.

—Sucede, niña, que esta vez el chisme viene bien con lo que yo vi con estos ojos y oí con estas orejas que se han de comer la tierra.

En el calor de la discusión la muchacha había cobrado aliento y dijo:

—¿Qué ha podido ver ni oír su merced que no sea un chisme? Vamos, dígalo.