—Cecilia, lo que yo veo claro como la luz del día es que a pesar de mis amonestaciones y de mis consejos, tú buscas tu perdición como la mariposa la luz de la vela.

—Y si cierta persona, que es a quien su merced se refiere, se casa conmigo, me colma de riquezas y me da muchos túnicos de seda, y me hace una señora y me lleva a otra tierra donde nadie me conoce, ¿qué diría su merced?

—Diría que ese es un sueño irrealizable, un disparate, una locura. En primer lugar él es blanco y tú de color, por más que lo disimule tu cutis de nácar y tus cabellos negros y sedosos. En segundo lugar, él es de familia rica y conocida de La Habana, y tú pobre y de origen oscuro... En tercer lugar... Pero, ¿a qué cansarme? Hay otro inconveniente todavía mayor, más grande, insuperable... Tú eres una chicuela casquivana... Mujer perdida, sin remedio. ¡Dios mío! ¿qué he hecho yo para que me castiguen así?

La última exclamación la hizo seña Josefa, ya en pie y con las manos en los oídos, como para no oír por boca de la nieta la confirmación del mal juicio que se había formado acerca de sus opiniones sobre el matrimonio. Cecilia se puso también en pie y quiso seguir a la abuela, sea con la intención de calmarla, sea con la de justificarse, explicando o ampliando su idea; pero se detuvo de repente porque en aquel momento asomó por la entreabierta puerta de la calle el bien conocido rostro de Nemesia.

Capítulo XII

...Pero ponme
esa mano en este pecho.
¿No sientes en él, Matilde,
Un volcán? ¡Pues son mis celos!

J. J. Milanés

—Santos días por acá, entró diciendo muy risueña Nemesia sin llamar a la puerta.

Pero se quedó callada e inmóvil no bien echó de ver la cara y actitud de sus dos amigas. La abuela había vuelto a desplomarse en la butaca, su sitio favorito; la nieta se mantenía de pie, junto a la mesa, en la cual apoyaba una mano, fluctuando visiblemente entre el dolor y la desesperación.

No pudo ser más oportuna la aparición de la amiga en aquellas circunstancias. La anciana había dicho más de lo que la prudencia aconsejaba, y la joven temía averiguar el sentido íntimo de las últimas palabras de la abuela. ¿Qué sabía ella? ¿Por qué usar un lenguaje tan embozado? ¿Abrigaba fundadas sospechas o sólo pretendía intimidar?