La verdad es que en la disputa, con la conciencia alarmada, si no en posesión de hechos, ambas habían avanzado a un terreno resbaladizo, hasta allí vedado para ellas, donde la primera que entrase había de recoger larga cosecha de pesares y remordimientos. Por su parte, no creía seña Josefa llegado el momento de enterar a Cecilia de su verdadera posición en el mundo. Tal vez el lechero se había equivocado respecto de la identidad del joven; tal vez éste meramente pasaba por la puerta de la casa. Si usted quiere conservar la inocencia de una doncella, no la acuse, sin pruebas de haber pecado. Por estas razones seña Josefa, aunque desazonada, y llena de profundo pesar, desde lo íntimo del pecho saludó con alegría la venida inesperada de Nemesia.
Por fortuna también, para sacar a las tres mujeres de su embarazosa situación, llamaron entonces a la puerta de la calle con un fuerte golpe de aldaba, modo desusado de llamar. Seña Josefa, siempre lista para estos casos, corrió a abrir, recibiendo, junto con un saludo profundo, un papel que le alargó un negro ya canoso, vestido decentemente de limpio. Tenía todo el aire de calesero de casa principal. Dada la carta, se marchó diciendo:—No contesta.
No tenía, en efecto, contestación, ni venía dirigida a seña Josefa, sino al «Dr. Don Tomás de Montes de Oca. En mano propia». Llegaba a tiempo de calmar la ansiedad mayor de su espíritu atribulado. Con el auxilio de las gafas, que le alcanzó Cecilia, pudo ella mascullar para sí:
«Muy señor mío: De conformidad con lo que hemos hablado, doy la presente a la portadora, que se le presentará hoy mismo, a fin de que Vd. la explique lo que haya de hacerse en el asunto consabido. Está de más repetirle que responde a todo y que le vivirá eternamente reconocido S. S. S. y amigo Q. B. S. M.[39]
C. de Gamboa y Ruiz.»
Leída una y otra vez la carta para enterarse mejor del contenido, miró por encima de las gafas, primero a la nieta, luego a Nemesia, que se estaba callada a esperar el resultado de aquella escena muda, conocidamente absorbida, y como dudosa del partido que debía tomar. Pero el «hoy mismo» de la carta la obligó a formar una resolución preguntando:
—¿Qué hora es?
—Son las ocho, contestó Nemesia prontamente. Acaban de mudar las guardias de la suidad. Como que oigo los tambores entodavía.
—¡Qué me alegro! repuso seña Josefa. ¿Estás tú hoy muy de prisa, hija mía? añadió hablando con Nemesia.
—No, señora, ni un tantico. Iba a la sastrería de Uribe en busca de costura. Pero si la vida dura, el tiempo es largo. Iré más tarde. Lo mismo da.