Se le acercó seña Josefa por el lado de dentro y le dirigió la palabra repetidas veces, sin lograr que despertara o diera señales de vida. Bien es que ella, por respeto o por natural timidez, ni alzaba bastante la voz, ni osaba tocarle. No sabía su nombre tampoco, pero sospechando que se llamaba José, le dijo éste repetidas veces en tono cariñoso:—José, José, Joseíto, ¿está ahí el Doctor?
Medio se incorporó el negro en la silla, e hizo muecas horribles en el afán de abrir los ojos, casi cegados por el polvo blanco de la calle, y dijo al fin:—Yo no me ñama José, me ñama Ciliro, y mi amo el Dotor está ahí aentro, si no ha salío. Dentre, dentre.
Después de darle las gracias al amable calesero, entró, en efecto, la anciana. Había en la sala varias personas de aspecto pobre y ambos sexos esperando por el médico, el cual en aquel momento no se hallaba presente. Seña Josefa le conocía, y desde luego le buscó por todas partes con cierta inquietud, pues tal vez había salido; aunque el hecho de la volante a la puerta y la presencia de los pacientes en la sala, indicaban que si estaba fuera de casa, no era para la visita ordinaria de enfermos que giraba todos los días después de almuerzo. Al fin alcanzó a verle en el patio, inclinado sobre un hombre que, sentado en una silla, emitía de cuando en cuando quejidos apagados, más dolorosos, por donde se conocía que el Doctor ejecutaba una operación quirúrgica difícil. Era Montes de Oca cirujano hábil, no cabe duda, al menos atrevidísimo en el manejo de la cuchilla, tajando carne humana como quien taja hogazas de pan, siempre, es verdad, con acierto, tal vez por la misma sangre fría con que ejecutaba esas operaciones carniceras. Cuéntase, en efecto que en cierta ocasión le abrió el vientre a un individuo para extirparle un absceso que se le había formado en el hígado, y que lo ejecutó con la mayor fortuna, pues no se le murió el paciente entre las manos, sino que sanó, al menos de aquella dolencia. Eso sí, era tan hábil como interesado y codicioso de dinero. A nadie curaba de balde; ni se movía de su casa sino para hacer visitas de paga al contado violento, o con promesa explícita de que se le pagaría bien su habilidad, reconocida generalmente, tarde que temprano.
Conoció luego seña Josefa que había terminado la operación, así porque había cesado de quejarse el paciente, como porque el Doctor, alzando el instrumento con que la había ejecutado, dijo:
—¡Ea! ya está Vd., despachado. Vea lo que tenía en el oído: un frijol, como un garbanzo, pues con la humedad de esa parte creció dos tantos de su natural tamaño.
—Gracias, Doctor, mil gracias. Dios se lo pague y le dé mucha salud. No sabe Vd. cuánto me ha atormentado ese frijol en el oído. Hacía más de diez días que no dormía, no comía ni...
—Lo creo, le interrumpió el Doctor con aire triunfante y no poco receloso. Buen trabajo me ha costado extraerle el cuerpo extraño. Luego, la parte esa es tan delicada, que por poco que me fallase el pulso podían resbalarse las pinzas y dañarle el tímpano del oído y dejarle sordo por el resto de sus días. Bien. Ahora me paga Vd. mi trabajo, se marcha a casa y se da unos bañitos de cocimiento de malvas con unas gotas de láudano para calmar la irritación...
—¿Cuánto le debo Doctor? preguntó el hombre temblando, no ya del dolor, sino del recelo de que le pidiesen mucho dinero por una operación ejecutada, y eso brevemente.
—Media onza de oro, contestó Montes de Oca con sequedad e impaciencia.
No tuvo el hombre más remedio que meterse la mano en el pantalón y sacar un pañuelo nada limpio, en una de cuyas puntas tenía atadas varias monedas, que ciertamente no hacían mucha mayor suma de la que había exigido el cirujano por la curación. Volvía éste para la sala, como acostumbraba con la cabeza baja y el hombro derecho derribado, cuando se encontró de manos a boca, cual se dice, con seña Josefa, a la que preguntó con su voz gangosa: