—¿Qué quiere Vd. buena mujer?
Por toda respuesta seña Josefa le alargó la carta de recomendación.
—¡Ah! agregó el cirujano después de haberla leído. Tenía ya noticias de esto. El mismo señor don Cándido estuvo aquí bien temprano y me habló del asunto. Pero debo decirle a Vd. lo que a él le dije, a saber: que no he visto aún a la enferma, que no conozco el caso y que sin conocerlo tendría que ser adivino para decidir lo que deba hacerse.
—¿No le contó el señor don Cándido, se atrevió a observar la anciana, toda temblorosa, que el caso es desesperado, digo, que no da espera, porque depende la vida o la muerte...?
—Sí, sí, la interrumpió el cirujano. Algo me dijo sobre eso el señor don Cándido. El caso es que no puedo atender a todo. Si me dividiese en diez me parece que no daba avío. ¿Ve Vd. los que aquí aguardan por mi? Pues fuera me esperan muchos más, y todos con premura. Estimo al señor don Cándido, sé que es generoso, desprendido y que sabe agradecer los favores que se le hacen. Deseo, puedo y está en mi mano servirle; creo que si le sirvo esta vez, ha de pagármelo bien. Mas Vd. es mujer racional, conocerá que necesito tiempo, que debo examinar por mí mismo el caso antes de aventurar un diagnóstico. Tal vez no tenga cura, tal vez sea peor el remedio que la enfermedad. No soy el médico brujo que a ciegas decidía y así salía ello. Sin embargo, quizás Vd. pueda darme mejores informes de lo que ha podido el señor don Cándido, que, por lo que entiendo, conoce el caso de oídas. ¿Quién es la enferma?
—¡Mi hija!, señor don Tomás.
—¿Hija de Vd. eh? ¿Qué edad tendrá ahora?
—Va en los treinta y siete.
—Vamos, no es vieja. Hay ahí cuerpo todavía, y habrá resistencia. ¿Qué tiempo hace que enfermó?
—¡Ay, señor! Mucho tiempo, la vida de un cristiano, hará ahora dieciocho años más bien más que menos.