—No, no quiero decir eso. ¿Desde cuándo entró en el hospital de Paula?
—Poco después de haber enfermado. Hace ahora algo menos de diecisiete años, porque la niña tendría unos dos meses de nacida cuando, por no poderla sujetar en casa, me vi obligada a ponerla en el hospital de Paula, según me aconsejó el médico Rosaín. Ya puede imaginar el señor Doctor lo que me costaría esta separación. Se me arrancó el alma...
—De suerte, añadió pensativo Montes de Oca, de suerte que la niña...
—¿Mi nieta? dijo seña Josefa.
—Sí, su nieta de Vd., hija de la enferma, ¿tendrá...?
—Va en los dieciocho años de edad.
—¿Y qué tal?
—A Dios gracias, buena y sana.
—No, no es eso. Pregunto que qué figura tiene, qué tal parece la muchacha.
—¡Ay, señor Doctor! su figura y su parecer son los que van a acabar conmigo antes de mucho tiempo. Aunque me esté a mal el decirlo, es lo más lindo en verbo de mujer que se ha visto en el mundo. Nadie diría que tiene de color ni un tantico. Parece blanca. Su lindura me tiene loca y fuera de mí. No vivo ni duermo por guardarla de los caballeritos blancos que la persiguen como moscas a la miel. Me tiene sin sombra.