—¿Y esa muchacha encantadora acompañaría a la enferma si la sacamos del hospital?

—Si el señor Doctor lo cree conveniente, me parece que sí la acompañaría.

—De convenir, creo que convendría y mucho; pero se ofrece una dificultad. Veamos. ¿Qué tiempo hace que no se ven la madre y la hija?

—¡Qué! Hace una pila de tiempo. Más de diecisiete años.

—¿Tanto? Malo. ¿Pero Vd. u otro le habrá hablado a menudo a la madre de la hija y a la hija de la madre?

—A la madre sí le he hablado frecuentemente de la hija, cada vez que he ido a verla; a la hija nunca de su madre. Estoy por creer que no sabe que existe.

—¿Conque no se ha intentado nunca el que se vean la madre y la hija?

—Nunca.

—Mal hecho.

—Así creí yo, pero el señor Doctor Rosaín, que fue quien la asistió en el parto y después del parto, me aconsejó que las separase, y después que a la madre se le remató el juicio, me repitió que no le hablase de eso a la hija, porque querría verla y era fácil que la loca en uno de sus arrebatos la ahogase con sus propias manos. Pues es preciso que sepa el señor Doctor don Tomás, que tomó la locura con la hija, diciendo que como había nacido blanca tenía a menos el tener madre de color.