—Vaya, pues. Se equivocó Rosaín. Es un buen médico, no se puede negar, sólo que en este caso me parece que perdió los papeles o que se le fue el santo al cielo. Si la madre y la hija se ven de repente, después de una larga separación, tal vez se efectúe una reacción, y las enfermedades se curan con reacciones o revulsiones, no con medicinas, particularmente aquéllas en que aparece afectado el sistema nervioso. Somos todo nervio, nada más que nervio. Irritados los nervios cate Vd. la locura. Estaba pensando... Se había pensado llevar la enferma al campo, a una finca que poseo cerca del puerto de Jaimanitas, a fin de ver si cambiando el aire y dándose unos baños de agua salada, se lograba la revulsión que se busca. Pero es que la hija no puede ir allá con la madre. Figúrese Vd. que en esa finca, en el ingenio de Jaimanitas, digo, tengo sociedad con los Padres Belenitas. Lo administran y muchos de ellos se pasan en él buenas temporadas, en particular durante la molienda. ¿Qué escándalo no se armaría con la aparición de una joven tan linda, como Vd. dice, en medio de aquellos benditos Padres? ¡La tentación! Dios nos libre. Más de uno de ellos perdería el juicio y se diría que yo tenía la culpa... Mas ya veremos modo de arreglar eso. Vuélvase Vd. por acá pasado mañana, que yo veré a la enferma entre tanto y diré a Vd. lo que haya de hacerse. Quiero servir al señor don Cándido, puedo servirle, y me parece que será con beneficio de todos los interesados.

Capítulo XIII

La alegría del corazón conserva la edad florida, la tristeza seca los huesos.

Parábolas de Salomón.

En la época de que venimos hablando, eran rara avis los dentistas de profesión en La Habana. Siguiendo aquel refrán castellano que enseña: al que le duele la muela que se la saque, el oficio o arte dental lo ejercían, por la mayor parte, en las poblaciones, los barberos; en los campos los cirujanos, quiénes armados con el potente gatillo de acero, no dejaban diente ni muela con vida.

Había también sacamuelas intrusos o aficionados. Entre éstos, uno de nombre Fiayo se había hecho célebre por la destreza y habilidad con que ponía las raíces al aire y sin dolores de esos apéndices de la masticación. Su fama y popularidad, sin embargo, provenían del hecho, primero, de no emplear instrumento quirúrgico de ninguna clase; segundo, de no llevar dinero por sus mágicas operaciones dentarias.

La hija mayor de los señores Gamboa, Antonia, hacía tiempo venía padeciendo de una neurosis de carácter agudo a la cara, cuyo asiento en la mandíbula superior daba lugar a presumir tenía por causa la carie de un molar. Los médicos consultados, después de probar la aplicación de apósitos, sanguijuelas, enjuagues y cabezales, sin fruto aparente, decidieron se hiciera la extracción. Pero la idea no más de que para llevarse a efecto había de emplearse el temible gatillo, ocasionaba sudores y desmayos en la dolorida joven.

Por aquellos días llegó a La Habana, desde el campo, el mágico dentista Fiayo, y, como de costumbre se hospedó[40] en casa del Doctor Montes de Oca. No bien llegó a oídos de doña Rosa la noticia, cuando dispuso la engancharan el quitrín, y sola, con la hija doliente, se dirigió a la calle de la Merced. Llena estaba la sala de pacientes, unos en solicitud de los consejos o remedios del médico, otros de los servicios del famoso sacamuelas. Este ocupaba el segundo cuarto, cuya puerta y ventana daban al patio, y era por eso el más claro y a propósito para las operaciones de la boca. Allí tenía una silla común de madera, en que hacía sentar al paciente con la cara para el este, y en un dos por tres ponía al aire las raíces de la muela o el diente que le indicaba el interesado. Sucedía a veces que encontraba mayor resistencia de la que podía vencer con la fuerza del pulgar y del índice de la mano derecha; en cuyo caso, disimuladamente metía ésta en la faltriquera del chaleco, cual si pretendiera enjugársela, se armaba de una llavecita de hierro, convertía el paletón en gatillo, el tronco en palanca, y el éxito era instantáneo y seguro.

La entrada de doña Rosa Sandoval de Gamboa con su hermosa hija Antonia no causó poca sorpresa en las personas presentes en la sala, principalmente en Montes de Oca, que si bien era el médico de palacio y gozaba de extensa y merecida fama, no estaba acostumbrado a que le consultasen en su propia casa, señoras tan distinguidas y en la apariencia ricas. Tamaña condescendencia y amabilidad no podían menos de obligar a un médico de las condiciones y calidades del que tratamos ahora; así fue que, abandonando desde luego a sus pacientes, salió a recibir y atender a las recién llegadas. No conocía él sino de nombre y de vista a doña Rosa, a pesar de la estrecha y antigua amistad que le ligaba con su marido. Pero a tiempo de acercársele y hacérsela presente, le pasó por la mente que tal vez la inesperada venida de aquella respetable señora tenía que ver algo con la enferma del hospital de Paula, de la cual hablaba precisamente con la anciana seña Josefa, en los momentos en que entró en la sala. Y una vez metido este extraño pensamiento en su cabeza, ya no hubo forma de sacarle de ahí.

—La señora esposa de mi caro amigo el señor don Cándido Gamboa y Ruiz, si no estoy equivocado, dijo Montes de Oca.