—Servidora de Vd., contestó secamente doña Rosa.
—Yo lo soy de Vd. muy atento. ¿Y ésta es su señorita hija de Vd.?
—Sí, señor.
—Bien se conoce. Hermosa niña. Dios se la guarde. Tengan la bondad de pasar adelante y sentarse.
—No hay necesidad, dijo doña Rosa. Vd. es persona muy ocupada, y luego venía solamente...
—Lo adivino, lo sé, mejor dicho, y perdone que la interrumpa, dijo Montes de Oca con desusada oficiosidad. Me complace el ver que Vd., también se interesa por la salud de la enferma en el hospital de Paula. Tanta bondad y nobleza de alma son mucho de celebrarse. Lo veo, lo comprendo perfectamente, desea Vd., conocer cuanto antes cuál es mi diagnóstico acerca del estado de la pobre muchacha. Es de celebrarse.
No teniendo noticias de semejante enferma, la madre y la hija se miraron azoradas, azoramiento que el médico no sólo no entendió, sino que lo interpretó por uno de aquellos sentimientos de admiración mezclados de gratitud que sienten las personas bien criadas cuando les adivinan sus pensamientos y se anticipan a sus caros deseos. Halagada de este modo su vanidad, continuó diciendo, cada vez más satisfecho de su penetración:
—Diré a Vd., señora mía, con gran sentimiento, lo mismo que acabo de decirle a la anciana madre de la enferma, con quien me ha visto Vd., hablando hace poco. No es nada favorable mi diagnóstico. Con Vd. aun puedo ser más franco que con la madre. Ahí no hay ya fuerzas, sujeto, como decimos; quedan sólo alma en boca y huesos en costal, según se dice de los bozales recién llegados de Guinea. Su mal trae origen de una meningitis aguda, superveniente de un susto, que bajo el influjo de una fiebre puerperal, la privó del juicio y produjo un desorden general del sistema nervioso, cuyo estado ha pasado a crónico, para el que hasta ahora no se conoce remedio en la ciencia médica. En el día los síntomas más marcados son los de una consunción lenta, ya en el último período, cuyo término puede ser más o menos cercano, pero cierto y fatal que, o mucho me engaño, o no podría alargar una hora, un minuto el mismo Galeno[41] si para ello solamente volviese al mundo. Esta clase de enfermos acaban como las velas así que se evapora el sebo de que están hechas. Se apagará su vida el día y a la hora menos pensada. Lo peor de todo, misea[42] Rosa, es que ya es demasiado tarde para sacarla del hospital. Corremos riesgo de que se nos quede muerta entre las manos, que se apague la vela en cuanto le dé el aire libre del campo. Siento mucho no poder llenar los deseos del señor don Cándido...
En este punto hizo Rosa un movimiento de sorpresa que llamó la atención aun del embebecido médico, obligándole a dejar trunca la frase. No era para menos la especie. Mujer más joven, menos precavida que ella, habría hecho una exclamación demostrando mayor desazón y cólera. De tal naturaleza fue, sin embargo, la impresión que le causaron las últimas palabras de Montes de Oca, que cambió de color, poniéndosele rojo en el primer instante el rostro, y luego pálido, y desapareció, por supuesto, la plácida expresión con que había estado escuchando el ininteligible diagnóstico. Aunque de origen bien diverso, la misma sensación de extrañeza experimentó Antonia. No comprendía ésta, es cierto, por su juventud y ninguna experiencia, toda la malicia que podía encerrar el hecho de que su padre desease sacar del hospital de Paula a una muchacha enferma y desconocida para toda la familia, con el objeto de que se curase en alguna otra parte. Pero no se hallaba doña Rosa en el mismo caso. Lo que era oscuro e insignificante para la hija, era un mar de luz para la madre, la verificación de continuas sospechas, el aguijón de celos antiguos y siempre vivos. ¿Quién podía ser aquella moza, ni qué clase de relaciones tenía o había tenido con ella su esposo, que estaba empeñado en sacarla del hospital de Paula por medio del médico Montes de Oca? Debía de ser una mulata, pues que su madre era casi negra. Se hallaba gravemente enferma, el médico la había desahuciado, estaría hecho un esqueleto, fea, asquerosa, moriría ciertamente en breve; pero había sido su rival, había gozado a la par con ella del amor y de las caricias de Gamboa.
¿Por qué disposición del cielo averiguaba en la hora postrera un secreto tras el cual venía corriendo hacía más de una década? Ya era poco menos que inútil la venganza. La muerte se interpondría en breve entre la esposa y la manceba. ¡Qué desesperación! ¡Qué tumulto de pasiones! ¡Qué atar y desatar de cabos sueltos, ocultos mas no olvidados en los rincones del pensamiento! Quería hablar, gritar, desahogar de alguna manera su corazón oprimido. ¡Cuánto alivio no la habrían proporcionado las lágrimas! Cristiana y discreta como era doña Rosa, sin duda hubiera dado en aquel instante la mitad de su vida por retrotraer los sucesos al año 13 ó 14, en que, joven todavía, llena de fuerza y de encantos personales, con menos cordura y calma, la hubiera sido fácil, plausible, hacer valer sus derechos de esposa, de madre y de señora.