Conviene advertir aquí que a consecuencia de un disgusto con su padre por la salida a la calle tan de madrugada, según hemos referido ya, Leonardo hacía tres o cuatro días que no paraba en su casa, sino en la de una tía materna. Esto contribuyó a aumentar el pesar de doña Rosa. No sólo se negó a sentarse a la mesa, lista para el almuerzo, sino a darle explicación alguna a don Cándido sobre los motivos de su sentimiento. En medio del llanto y de los suspiros, pronunció varias veces el nombre del hijo favorito, razón por qué las hijas, suponiendo que la ausencia de éste era la causa original de sus lamentos, despacharon a Aponte en su busca con el carruaje. Vino el joven, y al punto doña Rosa, rodeándole con sus brazos, le cubrió la frente de besos y de lágrimas. Dábale entre tanto los epítetos más cariñosos y le decía:—Hijo del alma, ¿dónde estabas? ¿Por qué huías de las caricias de tu madre? Mi amor, mi consuelo, no te apartes de mi lado. ¿No sabes que tu triste madre no tiene otro apoyo que el tuyo? Tú no mientes, tú dices siempre verdad, tú eres el único en esta casa que conoce lo que vale una madre y esposa leal. Mi vida, mi corazón, mi fiel amigo, mi todo ya en el mundo, ¿qué, ni quién tendrá bastante poder ahora para arrancarte de mis brazos? Sólo la muerte.
Al fin esta señora, casada, madre de familia, halagada por los dones de la fortuna y de la naturaleza, al llegar a su casa se encontró rodeada de varias personas que le eran muy queridas, que la respetaban y que se apresuraron a enjugar sus lágrimas, a ofrecerle consuelos y distracciones. Al fin, aquella angustia suya, dado que legítima, nacía de un mero desengaño en su vida conyugal, que por la época en que le recibió, bien se conocía que el ángel de su guarda se le había apartado de los ojos hasta la hora en que su conocimiento la fuese menos doloroso. Hasta allí un golpe de celos era lo único que venía a turbar la serenidad de sus días, por otra parte siempre plácidos e iguales.
Pero ¿qué había de común entre el pesar, el desengaño ni los celos de doña Rosa Sandoval de Gamboa, y el pesar, el desengaño y la desolación de la pobre seña Josefa, más desamparada y sola que antes desde el punto que se separó del médico Montes de Oca y volvió a cruzar el umbral de su casita en la calle del Aguacate? Con razón pudo entonces exclamar con el salmista:—Venid, cielos y tierras, aves que pobláis el aire, peces que llenáis las aguas, brutos que holláis los campos, y decidme: ¿Hay dolor comparable con el dolor mío?
Nadie le preguntó por qué lloraba y se mostraba tan afligida. Cecilia, a quien encontró allí de vuelta, estaba harto disgustada para pensar en los disgustos ajenos. Nemesia también guardó un profundo silencio, diciendo sólo al despedirse de las dos:—Hasta después. Aun la imagen de la Virgen en el nicho, frente a su butaca, parecía que no debía ofrecerla esta vez consuelo. Transida por el dolor de la espada que le atravesaba el pecho, dirigía hacia otra parte sus amorosos ojos.
Y tal fue, después de todo, la indicación oportuna que recibiera seña Josefa en medio de su pavorosa soledad. La madre del Salvador del mundo, en los momentos de perderle enclavado en una cruz, claramente le enseñaba con su resignada, sublime actitud, que hay dolores tan grandes para los cuales no se encuentra consuelo aquí abajo, sino allá arriba, ¡en el cielo!
Capítulo XIV
Meditando su pena
Dentro del pecho el corazón se abrasa:
El fuego desordena
Los límites y pasa:
Y suelta ya la lengua, hablé sin tasa.
González Carvajal
La extraña conducta y las frases irónicas de su cara esposa traían alarmado a don Cándido Gamboa. Nunca había usado ella un lenguaje tan sarcástico. Por el contrario, en sus arranques de celos siempre había pecado por franca y desembozada. ¿Qué había averiguado de nuevo? ¿Dónde había estado aquella mañana, que la produjo tal cambio?
No entraban en el carácter, ni en las ideas de honor y dignidad de don Cándido el pedir a su esposa la explicación del misterio, menos a los hijos con quienes pocas veces hablaba, mucho menos a los criados, alguno de los cuales sabía más secretos de la familia de lo que convenía a la paz y a la dicha del hogar. Hombre de mundo y astuto, creyó que podía dejar al tiempo y a la indiscreción de la mujer o de los hijos el salir de dudas más tarde o más temprano.