—No, señora, no la he visto nunca. Hablo por boca de ganso, repito lo que me ha contado la abuela. Mejor dicho, no la veo desde el primero o segundo mes de nacida, cuando la Real Casa Cuna o de Maternidad estaba situada en la calle de San Luis Gonzaga, cerca de la esquina de la del Campanario Viejo.
—Luego tal es la niña para cuya crianza se tomó en alquiler a mi esclava María de Regla.
—Puede ser, yo no sé de eso jota.
—¿Cómo que no, si por orden de Vd. se me pagaron las dos onzas mensuales del alquiler mientras duró la lactancia de la susodicha niña?
—¿Por orden mía? Perdone Vd. misea Rosa. No tengo idea de semejante inquilinato, y, por supuesto, de la tal mensualidad. ¿No estará Vd. equivocada?
—Vaya, señor Doctor, repuso doña Rosa. ¿Es olvido o pura modestia de Vd.?
—Ni lo uno ni lo otro, mi señora. Positivamente no tengo noticias de lo que Vd. dice.
—Así será, dijo al fin doña Rosa advirtiendo que el médico se ponía en guardia. Comprendo lo que pasa por Vd.: no quiere que se hable más de este asunto. No añadiré palabra. Eso no obsta para que yo le manifieste mi complacencia por el uso que hizo Vd. de los servicios de mi esclava, cuando se le ofreció sacar de apuros a un amigo. Permítame le agregue, ya que se presenta la ocasión, que me negué a tomar un peso por el alquiler de la criatura, y que si al fin recibí el dinero fue porque se me dijo que de otro modo Vd. no la aceptaba.
Guardó silencio Montes de Oca. Únicamente inclinó respetuoso la cabeza como hombre que, cogido en un fallo, y sin salida plausible ni medios de defensa, se resigna y aguarda la sentencia. Pero lo poco que negó fue precisamente aquello de que debía estar más convencida doña Rosa, es a saber, del inquilinato de la nodriza y del salario que por ello la abonaron mes a mes, durante cierto tiempo. En lo que sí se equivocaba lastimosamente era en dar por hecho que Montes de Oca había sido el contratante y pagado el dinero del supuesto alquiler. Sobre este particular importante había sufrido dicha señora un engaño: ¡su marido no le había dicho la verdad!
Ahora bien: a la vista de la persistente negativa del médico, ¿salió doña Rosa de su error? Difícil es la comprobación en tales casos, y por lo mismo nos limitamos a decir que, aclarados ciertos particulares oscuros sobre la mujer enferma y las relaciones que con ella y con la hija tenía su marido, lo demás se caía de su peso, se infería sin esfuerzo, y no era digno de una señora el informar a una persona extraña de secretos de familia que quizás realmente ignoraba. Desistió, pues, del ataque y concluyó pidiendo al médico que la perdonase las molestias que le había ocasionado, sirviéndose decirla si Fiayo se hallaba dispuesto a examinarle la boca a su hija Antonia. Por sentado que lo estaba, y se ejecutó la operación con toda felicidad. Después, don Tomás Montes de Oca tuvo la cortesía de acompañar a las dos señoras hasta el estribo del carruaje y de ayudarlas a montar en él. Y una vez sentada y emprendida la marcha en vuelta de la casa, doña Rosa se cubrió la cara con las manos y dio a llorar y sollozar sin medida ni consuelo; todo esto con extrañeza grande de la hija, quien, ocupada de su propio dolor físico, no había echado de ver la transformación del semblante de su madre así que se alejó de la presencia del médico.