—No obstante, te lo hago.
—Lo veo, y lo atribuyo a que los hombres pierden a veces el... pudor.
—Dura es la palabra, mas la paso en obsequio de la paz.
—No la pases, si te parece. Lo mismo da.
—Es que se me figura que olvidas que yo estoy tan interesado en este asunto como tú.
—¡Tú interesado! ¡Tú interesado como yo en la buena o mala conducta del niño! Graciosa salida por cierto. Lo dudo, no lo creo, lo niego.
—En vano es negarlo, señora; no sería su padre si otra cosa dijese.
—Pues bien, yo que soy su madre, que le di el ser, que le crié en mis brazos, digo a Vd. que puede excusarse el trabajo de velar por la suerte del niño. El no tiene necesidad de los cuidados de padre, le bastan los de su madre.
—Eso no quita que yo mire con inquietud cómo la madre a posta echa a perder cada vez más al mozo.
—No creo que le importe mucho al padre que se pierda o se salve.