—Me importa más de lo que Vd. se figura, señora mía. Si no llevase mi nombre...
—¡Lindo nombre en verdad, donoso!
—Tan bueno es como el de otro cualquiera. Para mí vale mucho.
—Creería que eso era así si no hubiese visto que Vd. mismo le ha arrastrado por el suelo. Lindo nombre, digo. Esté Vd. seguro que si lo que he sabido ahora lo hubiese sabido hace veinticuatro años, mi hijo no llevaría el nombre que lleva. Pero yo tengo la culpa. No me sucedería esto si me hubiera llevado por los consejos de mi madre, que santa gloria haya.
—¿Y qué os aconsejó vuestra buena madre? ¿Se puede saber?
—No tengo embarazo en decirlo, pues me dijo: hija, no te cases con hombre de opuesta religión o naturaleza a la tuya.
—Lo que tanto vale como decir, me parece, agregó don Cándido bastante mortificado, que a Vd. la pesa ya haberse casado conmigo. ¿Hubiera Vd. preferido a un criollo jugador y botarate? Por supuesto.
Tal vez, repuso doña Rosa con mayor suavidad de tono mientras más punzantes eran sus palabras. Pero jugador o no, es probable que el criollo, el paisano mío, se hubiera portado conmigo con más lealtad y decencia. De seguro que el criollo no me hubiera engañado por el espacio de doce o trece años...
—¡Acabáramos! exclamó Gamboa respirando con más libertad. Protesto contra la acusación. Yo no la he engañado nunca.
—¿Y tiene Vd. valor de negarlo? ¿Quién sino Vd. me aseguró una y otra vez que María de Regla criaba a la hija bastarda de un amigo de Montes de Oca? ¿Quién inventó lo del alquiler de la negra? ¿Quién pagó las dos onzas de oro del supuesto inquilinato mientras duró la crianza de la chiquilla? No, no fue Vd. Fue otro, fue el amigo reservado de Montes de Oca. El dinero, sí, es verdad, no salió del bolsillo de Vd., salió del mío; por mejor decir, me lo quitó Vd., con una mano para devolvérmele con la otra.