—Ladrón, ladronazo; ni más claro ni más turbio, dijo don Cándido tratando de echar la cosa a broma.
—Lo ha dicho Vd. Y de que es exacta la calificación, se prueba con el hecho notorio de haber sido mi caudal mucho mayor y más saneado que el de Vd. cuando nos casamos.
—No tiene Vd., necesidad de recordármelo.
—¡Cómo que no! estalló doña Rosa con entereza. Aún tengo que recordarle otras cosas. Pues debo decirle que en caso igual mi marido el criollo quizás juega su dinero y el mío, pero de seguro que no hubiera gastado un peso en amoríos con mulatas. De seguro que no habría ido a Montes de Oca para que le sacara la manceba del hospital de Paula y se la curase en el campo. De seguro que no se desatinaría por una mozuela cuyo padre verdadero sabe Dios quién es.
—¿Conque todo eso me tenía reservado la señora doña Rosa Sandoval y Rojas?
—He aquí como me explico, continuó ésta sin hacer cuenta de la salida burlona de su marido, el odio, sí, el odio, ni más ni menos, que Vd. siempre le ha profesado a mi hijo. He aquí el verdadero motivo del empeño de Vd., en separarlo de mi lado y mandarlo a comer cebollas y garbanzos en España. Temía Vd. que descubriese lo que su madre acaba de descubrir por una rara casualidad. Temía que le despreciase y tuviese a menos el llevar el nombre de Vd., al ver con sus ojos los cenagales por donde Vd., ha venido arrastrándolo. Temía que se avergonzase e indignara de que su padre, no un criollo jugador y botarate, sino todo un hidalgo español, se la pegaba a su madre con una mulata sucia, que purga sus penas y pecados en un hospital de caridad.
—Espero que Vd. acabe para...
—¿Que yo acabe espera Vd.? le interrumpió doña Rosa sonriendo desdeñosamente. No tengo cuando acabar. ¿Para qué tampoco había de acabar? ¿Ni qué puede decir Vd., si yo lo oyera, en atenuación de su mala conducta con la más leal y consecuente de las esposas? ¿Podría, se atrevería Vd., a negar los hechos que le acusan?
—Negarlos a bulto no, explicarlos sí, y de manera que Vd. misma se convenciese que no soy el malvado que su imaginación la pinta.
—No quiero oír más explicaciones. Sobrado tiempo me ha tenido Vd., engañada con sus cuentos y enredos.