—Veo, pues, que Vd., lo que se propone es desfogar su cólera, no dar oídos a la razón y a la justicia.
—Lo que yo me propongo, señor don Cándido Gamboa y Ruiz, dijo su mujer alzando la voz y con ademán solemne, es que Vd. no continúe derrochando mi dinero ni el de mis hijos en querindangos y en la familia de la querida. Sobre esto y sobre lo de maltratar a mi hijo para que le pague sus desengaños en amor, mi resolución está tomada: o Vd., se enmienda o yo me divorcio.
Con lo dicho don Cándido se retiró a su escritorio callado y serio. Y su retirada la saludó doña Rosa con sinceros aplausos desde el fondo de su pecho. Porque es bueno que se sepa, que mientras duró el vivo diálogo que acaba de leerse, estuvo ella haciendo un grande esfuerzo sobre sí misma, a fin de decir cuanto tenía encerrado en largos años de zozobras y sospechas, antes que sus más nobles sentimientos recobrasen el acostumbrado imperio y se echase a perder la lección que había pensado darle a su marido. Bueno es decir, además, que ella se había casado por amor, no obstante la oposición de su madre, y quizás por eso mismo; y no quería romper con el padre de sus hijos y constante compañero. Después, en los veinticuatro años de matrimonio, no había tenido ocasión plausible de arrepentirse, por mucho que no hubiese sido nunca ejemplar la fidelidad de don Cándido.
También se habrá echado de ver en el curso de la presente verídica historia, que don Cándido, antes y después de casado, como se dice vulgarmente, no había reservado pluma. Bastante galán y de apuesta persona, en su mocedad había sido muy enamorado o mujeriego; y tal era su falta mas de bulto. Pero a pesar de la rudeza de sus maneras y de su poca cultura, había bondad e hidalguía en el fondo de su corazón, prendas éstas que redimían en gran parte aquel defecto. Precisamente porque amaba mucho y bien y era hombre de conciencia, cuando contraía un compromiso, fuera de la naturaleza que fuese, hacía cuanto estaba en su mano por cumplirlo, arrostrando a veces para ello con frente serena las dificultades todas que se le presentaban.
Dieciocho o veinte años atrás, esto es, cuatro o cinco después de casado, va con dos hijos de su legítima mujer, tropezó con una mozuela de singular belleza. Sin saber cómo ni cuándo contrajo con ella relaciones clandestinas; lazo fácil de formar cuando el hombre es joven, rico y buen mozo y la mujer bella, en los quince y de la raza mezclada. De estos necios amoríos resultó una niña, la cual don Cándido se empeñó en salvar, primero de la muerte cuando infante, luego de la miseria, de la oscuridad y de la degradación cuando joven. Un compromiso le metió en otro y otro, no ya sólo respecto de esa niña, sino de su abuela, que pronto tuvo que ejercer con ella los oficios de madre; aunque ninguna de las tres estaba ya en aptitud ni situación de apreciar sus favores ni de reconocer sus costosos sacrificios.
Pasado el tiempo de la efervescencia, el más propicio para las locuras de la mocedad, empezó a turbarle no poco el ánimo el recuerdo de sus debilidades. De esa fecha datan sus luchas tremendas para llenar sus obligaciones de amante y padre adúltero, sin descuidar las sagradas de esposo y honrado padre de familia. Pero los celos de doña Rosa, excitados a lo sumo por el orgullo de raza y de señora casada, por sus ideas sobre la virtud de la mujer y los deberes de la madre de familia, la ocupaban de manera y ofuscaban hasta tal punto su razón, que no la permitían notar que su marido estaba plenamente arrepentido de sus anteriores faltas, y que para enmendarlas ponía todos los medios que estaban a su alcance. Mientras dicha señora, justamente ofendida, le echaba en cara sus extravíos de mozo, no veía que laceraba una a una toda las fibras de su corazón; no veía que ya no existían ni podían existir después los motivos de celos que tanto la habían desazonado; no veía, en fin, que deplorando el pasado desde el fondo de su alma, don Cándido de algún tiempo a esta parte sólo trataba de evitar un gran escándalo, una catástrofe en no lejano porvenir.
Capítulo XV
Perdí el desamor
Con las libertades;
Quísele bien luego,
Bien le quise, madre.
Empecé a quererle,
Empezó a olvidarme:
Rabia le dé, madre.
Rabia que le mate.
L. de Góngora
Cursaban las horas, los días y las semanas y no llegaban a la ciudad letras ni noticias de Isabel Ilincheta, desde su partida para Alquízar. Cierto que eran entonces difíciles y raras las comunicaciones de la capital, aún con los pueblos de su misma jurisdicción. Pero no escaseaban los correos privados, trajinantes o buhoneros, que se prestaban a llevar y traer cartas y líos sin cargar porte. Y de éstos acostumbraba a valerse Isabel para mantener correspondencia con sus primas las Gámez y con Leonardo.