Salía éste bastante preocupado de casa de esas señoritas al oscurecer del 6 ó 7 de Diciembre, al propio tiempo que bajaba la calle en dirección de la de Teniente Rey una mujer, cubierta la cabeza con una manta oscura. Pareciéndole que la conocía, apresuró el paso, le ganó pronto la delantera, la observó de soslayo y la detuvo, visto que era Nemesia.

—¿Qué prisa es ésta? la preguntó Gamboa.

—¡Ay, Jesús! exclamó la muchacha. ¡Cuidado que el caballero me ha dado un buen susto!

—Como que te me querías escapar de rengue liso, dijo Leonardo haciendo uso del lenguaje de la gente de color.

—No es mi natural el escaparme de rengue liso ni labrado, y menos de las personas de mi estimación.

—De tu estimación. ¿Soy yo por ventura de ese número?

—El primerito.

—El que te crea que le compre.

—¿Lo duda el caballero?

—¿Cómo que si lo dudo? No lo creo, porque dice el refrán que obras son amores y no buenas razones.