—¿Qué pruebas tiene el señor para decir eso?
—Muchas. Te daré una, la más reciente. El día en que me despedía de una amiga a la puerta de la casa de donde acabo de salir, ¿quién trajo a Celia para que me viese y se encelara conmigo? Tú. Nadie más que tú.
—¿Quién se lo dijo?
—Nadie. Lo sospeché entonces y ahora estoy convencido de ello. Tú eres más mala que Aponte, como decía mi abuela.
—No lo crea el señor, dijo Nemesia retozándole la risa en los ángulos de la boca. Créame el caballero, todo fue una pura casualidad. Yo iba a buscar costura en la sastrería de señó Uribe y Celia quiso acompañarme.
—Sí, hazte ahora la santica y la inocente. Sábete que cometes un pecado en declararme la guerra. Si lo haces porque te figuras que no hay en mi corazón amor más que para Celia, mira que te equivocas. Hay para ella, para la amiga en el campo y todavía queda para las malagradecidas como tú un mundo de cariño.
—Ahora sí que yo digo que el que crea al caballero que lo compre.
—Tienes que creerme, porque te lo digo y porque tú eres la mulata más salerosa que pisa la tierra.
—¡Lisonjero! ¡Veleidoso! exclamó Nemesia conocidamente pagada del requiebro. Cuidado que los hombres son malos. Sólo que a mí no me gusta partir con naiden ni ser plato de segunda mesa.
—En siendo plato, mujer, no importa de qué mesa. ¡Ay de las que no son plato de ninguna! porque es la prueba de que se quedaron para tías y para vestir santos. Celebremos un trato: no me hagas la guerra.