—Dale con la tema: yo no le hago la guerra al caballero.
—Sí, sí, me la haces. Lo veo, lo conozco. Celia está brava conmigo por ti. Pero has escogido un mal camino para alejarme de ella. No le eches leña al fuego. Aquí, aquí, añadió oprimiéndose el lado izquierdo del pecho con ambas manos, aquí hay lugar para Celia y para su más tierna amiga.
—No. Para que yo dentrara ahí habría de ser sola, solita. No quiero compaña en el corazón del hombre que yo ame.
—¡Egoísta! la dijo Leonardo echándole una mirada amorosa. Y se separaron, tirando Nemesia hacia la calle de Villegas en dirección de su casa en el callejón de la Bomba, y Leonardo todo derecho a la calle de O'Reilly.
Había aquélla oído de los labios del joven, de quien estaba perdidamente enamorada, que cabía en su corazón juntamente con Cecilia. Tal vez la cosa no pasaba de una mera galantería. ¿Qué decimos? Leonardo sólo se propuso propiciarla, halagando de paso su vanidad femenil con la esperanza de que en cierta contingencia podría ver realizado su amoroso deseo. Mas ella reflexionó que si cabía, lo más difícil en su concepto, bien podría suceder que entrase acompañada y se quedase sola y dueña del campo. Así que el descubrimiento, además de causarla un regocijo indecible, la confirmó más en el plan sobre cuya ejecución venía trabajando hacía algún tiempo. Para llevarle a debido efecto, dos medios se ofrecían a su traviesa imaginación. Con el conocimiento que tenía de los rasgos más marcados del carácter de su amiga, una índole eminentemente celosa, unida a una soberbia desapoderada, juzgó Nemesia, y juzgó bien, que si excitaba a lo sumo ambas pasiones, aún cuando no lograse que rompiera con el amante, ni suplantarla en el amor de éste, haría al menos que él la abandonase.
En la escena debía jugar José Dolores su hermano un papel principal. Daba por hecho que Cecilia no le amaría nunca. Esto poco importaba, porque una vez torcidos los amantes, no sería difícil infundir celos a Gamboa, por lo mismo que en su pique con el blanco era natural que ella se prestase a coquetear con el mulato. Ya veremos el desenlace fatal de estas intrigas.
Sucedió que al desembocar Leonardo Gamboa en la calle de O'Reilly, se separaba de la ventanilla de la casa de Cecilia un hombre que tenía toda la traza del hermano de Nemesia. Picó aquello su curiosidad, por lo cual, sin previo aviso, se acercó a media carrera, y con la punta de los dedos levantó el canto de la cortina blanca. Detrás se hallaba Cecilia sentada en una silla, con el codo descansando en el poyo de la ventana y la barba en la palma de la mano. Al reconocer a su amante en la persona que había levantado la cortinilla, no manifestó sorpresa ni alegría.
—Sí, la dijo él, muy mortificado por lo que había visto y por la indiferencia con que ella le recibía. Sí, disimula ahora. ¿Quién no la ve ahí? Parece que no quiebra un plato. ¿Qué haces?
—Nada, contesto seca y lacónicamente.
—¿Está fuera tu abuela?