—Sí, señor. Ha ido a la salve, ahí enfrente.
—Abre pues. Déjame entrar.
—De ninguna manera.
—¿De cuándo acá tanto rigor? Quisiera saberlo.
—No sé. Vd. dirá.
—Lo que yo sé es que de aquí acaba de salir un hombre.
—No, señor. Aquí no ha estado nadie desde que salió Chepilla.
—Le he visto con mis ojos.
—Sus ojos le engañaron. Ha sido una ilusión.
—Qué ilusión ni que niño muerto. Le vi, le vi, no me queda género de duda.