—Entonces creeré que Vd. ve visiones.
—No me hables más con ese aire desdeñoso, despreciativo diría, que me parece intolerable y ajeno de ti y de mí. No disimules tampoco ni busques persuadirme que fue un duende y no un hombre de carne y hueso, el que acaba de alejarse de esta ventana, tras de la cual te encuentro sentada y al parecer muy tranquila.
—¡Ah! Ya eso es otro cantar. Puede Vd. haber visto un hombre parado donde está Vd., ahora. Lo que yo niego y negaré siempre es que Vd. le viera salir de aquí, porque él no puso los pies en esta casa.
—De todos modos salió de aquí, de este lugar, estuvo conversando contigo y necesito saber quién es y qué buscaba.
—«Necesito», repitió Cecilia con desdén. ¡Qué guapo! ¿Ha de ser a la fuerza? Pues no lo digo.
—Sea como fuere, tienes que decírmelo, o de lo contrario me peleo contigo y no me vuelves a ver la cara en la vida.
—Eso es lo que yo quisiera ver.
—Lo verás. En fin, ¿me dices quién es?
—No lo digo.
—Tú parece que quieres jugar conmigo.