—No juego, hablo de veras.
—Bien. Abre la puerta y déjame entrar, porque me da vergüenza que me vea la gente que pasa. Van a figurarse que estamos peleando.
—Y se figurarán lo cierto.
—Vamos. ¿Te dejas de retrecherías?
—Yo digo lo que siento.
Leonardo la miró un rato con fijeza, como para medir el alcance de sus palabras, y trató luego de cogerla la mano que ella retiró, y después la cara con igual resultado. Cecilia no parecía dispuesta a ceder un punto de la actitud tomada desde el principio. ¿Sería ella capaz de dejarle por otro hombre? ¿Era el preferido aquél que vio alejarse de la ventana? Tanteemos un poco más, se dijo para sí, y enseguida añadió alto:
—¿Qué tienes tú en realidad? ¿Se puede saber?
—¿Yo? Nada.
—Si te encierras en ese círculo vicioso de: no sé nada, no lo digo, creo que lo mejor será que yo me vaya con la música a otra parte.
—Como Vd. guste.