—Cada vez te entiendo menos, Celia. Sospecho, sin embargo, que no dices ahora lo que sientes, y que si diera ascenso a tus palabras de poco vivir y me marchase, habías de derramar lágrimas de sangre. ¡Cómo! ¿Te quedas callada? ¿Qué dices? Contesta.
Iba siendo demasiado larga y violenta la posición asumida por Cecilia para que durase mucho tiempo. Amaba de veras. Si persistía en su desacostumbrada severidad, tal vez ahuyentaba al amante; fuera de que no tenía prueba patente de su inconstancia. Por todas estas razones, cuando precisada a responder categóricamente, inclinó la cabeza y rompió a llorar con grandes sollozos.
—¿Lo ves? la dijo él bastante conmovido. Ya sabía yo que en esto vendrían a parar tus bravezas. Tu corazón me quiere cuando tus labios me desdeñan. ¡Bah! Se acabó todo. No llores más, mi vida, porque concluiré por llorar contigo. Ahora lo que corresponde es: pelillos a la mar y tan amigos como siempre.
—Sólo bajo una condición haría yo las paces contigo, acertó a decir Cecilia entre sollozo y sollozo.
—Admitido. Afuera con esa condición.
—No. Es preciso primero que prometas cumplirla.
—¡Hombre! Eso es mucho pedir. Tal vez no está en mis facultades. Pero, ¿quién dijo miedo? Sí, prometo.
—No vayas al campo en las próximas Pascuas...
—¡Celia, por Dios!... ¡qué caprichos tan extraños tienes tú! ¿De qué nace tamaña exigencia? Sin duda te figuras que me alejo para siempre o que te he de olvidar. Reflexiona y no me pidas imposibles.
—Lo tengo bien pensado. ¿Te vas o te quedas?