—No me voy, ni me quedo; porque una ausencia de quince días en el campo no va a ninguna banda, no es una ida ni una quedada formal.
—Está bien, dijo Cecilia con firmeza, enjugándose las lágrimas. Ve. Yo sé lo que he de hacer.
—No tomes resolución que luego te pese. Te ruego de nuevo que reflexiones y veas mi posición tal cual es. ¿Te parece fácil que yo permanezca en La Habana mientras toda mi familia está en el ingenio de La Tinaja cerca del Mariel? Pues no lo es; en primer lugar no habrá en casa sino el mayordomo con algunos criados. En segundo lugar, aunque yo pretendiera quedarme, mi madre no lo consentiría, mucho menos mi padre. La marcha será del 20 al 22 para volver después del domingo de Niño Perdido. ¿Comprendes ahora?
—Lo que comprendo es que vas a divertirte en el campo con una mujer que detesto sin conocerla a derechas, y que no puedo, no debo, ni quiero consentirlo.
—Eres muy celosa, Celia. He aquí tu único defecto. Si yo te amo más que a mi vida, más que a todas las mujeres del mundo, ¿no te basta? ¿qué más quieres? Por otra parte, esta corta ausencia nos conviene a los dos, así nos querremos con mayor ternura a mi vuelta. Después, en Abril entrante me recibiré de Bachiller en derecho y entonces tendré más libertad para hacer lo que me dé la gana. Ya verás, ya verás cuanto vamos a gozar. Yo para ti, tú para mí.
Para este tiempo Cecilia se había puesto en pie, esperando quizás la retirada de su amante, callada y pensativa. Su hermoso busto, sus hombros y brazos torneados cual los de una estatua, el estrechísimo talle que casi se podía abarcar con ambas manos lucían a maravilla, alumbrados a medias por la bujía en el interior, en contraste con la oscuridad ya reinante en la calle. Más enamorado que nunca Leonardo de tanta belleza, añadió con la mayor ternura:
—Lo que falta ahora, cielo mío, es que me des un beso en señal de paz y de amor.
Cecilia no respondió palabra ni hizo el menor movimiento. Parecía transfigurada.
—¡Vaya con Dios!, dijo el joven desconsolado. ¿Tampoco me darás la mano?
El mismo silencio, igual inmutabilidad. La conversión no podía ser más completa, pues si respiraba, no daba señales el redondo y levantado seno, de agitación ni de perceptible movimiento.