—¡Hombre! repuso el oficial bastante mortificado, esas son palabras mayores.

—Mayores o menores, son las que uso con los importunos como Vd.

—No te vengas haciendo el misterioso y el señorón, que yo sé quién eres tú y tú sabes quién soy yo. Apéate, compadre, del tablado. Te se puede desvanecer la cabeza, y si te caes, das en el fogón de la cocina.

—Vamos, ¿y qué quiere Vd. conmigo ahora?

—Nada, no quiero nadita de este mundo. Reparé sólo que le hiciste el feo a la niña más linda del baile y esto picó mi curiosidad.

—¿Le va o le viene a Vd. algo en este ajiaco?

—Bastante, más de lo que tú te figuras.

—Y Vd. se propone defender a esa niña, ¿no?

—Creo que tú no las has injuriado. Las mujeres no son la cara del rey para agradar a todos. En gustar o disgustar no hay ofensa.

—Bien, entonces déjeme Vd. el alma quieta.