Los adornos de la sala se reducían a unas colgaduras de damasco rojo, el color nacional, recogidas con cintas azules en pabellones, a la altura de los dinteles de las puertas y ventanas. El alumbrado lo proporcionaban bujías de pura esperma, ardiendo en grandes arañas de cristal, con profusión de prismas de lo mismo que reflejaban la luz, la multiplicaban y descomponían en todos los colores del iris.

Con la frase baile de etiqueta o de corte, se quiso dar a entender uno muy ceremonioso, de alto tono, y tal, que ya no celebraban los blancos, ni por las piezas bailables, ni por el traje singular de los hombres y de las mujeres. Porque el de éstas debía consistir y consistió en falda de raso blanco, banda azul atravesada por el pecho y pluma de marabú en la cabeza. El de los hombres, en frac de paño negro, chaleco de piqué y corbata de hilo blanco, calzón corto de Nankín, media de seda color de carne y zapato bajo con hebilla de plata; todo según la moda de Carlos III, cuya estatua, hecha por Canova,[43] se hallaba al extremo del Prado, donde hoy se ostenta la fuente de la India o de La Habana.

Para entrar y tomar parte en la fiesta no bastaba el traje especial de los hombres; era preciso venir provisto de papeleta, la que debía presentarse en el zaguán a la comisión allí constituida para recibirla y aposentar a las mujeres. Observose esta medida estrictamente al principio; pero tan luego como llegó la hora de bailar, Brindis y Pimienta, principales aposentadores, delegaron el encargo en sujetos menos escrupulosos y rectos. A semejante descuido se debió el que, tarde de la noche, penetrasen algunos individuos que, si bien en traje de ceremonia, no presentaron papeleta ni eran artesanos tampoco.

De este número fue un negro de talla mediana, algo grueso, de cara redonda y llena, con grandes entradas en ambos lados de la frente, que por poco que pasase él de los cuarenta años de edad, terminarían en una calva completa. Aunque se vestía como se había dispuesto, el frac le venía algo estrecho, el chaleco se le quedaba bastante corto, las medias estaban descoloridas por viejas, carecían de hebillas sus zapatos, no tenía vuelos la camisa y el cuello le subía demasiado hasta cubrirle casi las orejas, tal vez por ser él de pescuezo corto y morrudo.

Sea por estas faltas, o sobras, de que no estamos bien enterados, el negro de las entradas se hizo el blanco de las miradas de todos desde que puso el pie en el baile. Advirtiolo él, que no era ningún tonto, y naturalmente andaba al principio como azorado, esquivando la sala, donde la luz era más profusa y brillante; pero hacia las once de la noche hizo por incorporarse en los corrillos que se formaban en torno de las muchachas bonitas, hasta que se atrevió a invitar a una y bailar un minué de corte, con tanto compás y donaire que llamó por ello la atención general. Dos o tres veces se acercó al grupo que galanteaba o adoraba en Cecilia Valdés a la más hermosa de las mujeres de aquella reunión heterogénea; la contempló de reojo largo rato y luego se alejó con visibles muestras de despecho.

En uno de estos momentos, un oficial de la sastrería de Uribe que le observaba de cerca, le siguió fuera de la sala, le puso la mano en el hombro con alguna familiaridad y le dijo:

—¡Oiga! ¿Estás aquí?

—¿Qué, qué se ofrece? contestó él volviéndose y estremeciéndose de pies a cabeza.

—¿Qué haces por estos barrios, chiquete? le preguntó el oficial con mayor familiaridad.

—Sírvase decirme, señor mío, replicó el de las entradas, enfadado: ¿cuándo y dónde le he echado maloja?