En este momento el hombre se desprendió de la puerta y avanzó hasta tocar con la barba en el hombro de Cecilia, a la cual sin más preliminar le dijo:

—¿Conque no me ha creído la niña digno de ser su compañero esta noche?

—¿Qué dice Vd.? preguntó Cecilia más asustada que antes.

—Digo, continuó el negro echando una mirada siniestra a Cecilia, digo que la niña me ha hecho un desaire.

—Si lo cree Vd. así le pido mil perdones, porque no be tenido tal intención.

—La niña me dijo que estaba cansada y enseguida salió a bailar con otro. No busque disculpa la niña (añadió de carrera conociendo que Cecilia quería replicar), comprendo la razón por qué la niña me ha desairado. La niña me ve prieto, pobremente vestido, sin amigos en esta selecta reunión y se ha figurado que soy un cualquiera, un malcriado, un pelagatos.

—Se equivoca Vd.

—Yo no me equivoco. Sé lo que digo, como sé quién es la niña.

—Señor, Vd. me toma por otra.

—La conozco más de lo que imagina la niña. La conozco desde que la niña mamaba y gateaba. Conocí a su madre, conozco a su padre como a mis manos y tengo muchos motivos para conocer a la mujer que la crió por más de un año seguido.