—Pues yo no lo conozco a Vd., ni...
—¿Ni le importa tampoco a la niña? Lo comprendo. Debo decirle a la niña, sin embargo, que la niña me desprecia porque se figura que como tiene el pellejo blanco es blanca. La niña no lo es. Si a otros puede engañar, a mí no.
—¿Me ha detenido Vd. para insultarme?
—No, señorita. Yo no estoy acostumbrado a insultar a las personas que gastan túnico. Si como lleva túnico la niña, lleva calzones, crea que no le hablaría así. Me molesta tanto más el orgullo que la niña gasta conmigo...
—Bastante hemos hablado, le interrumpió Cecilia volviéndole la espalda.
—Como la niña guste, continuó él altamente irritado, mas déjeme decirle que baje un poco el cocote, porque si su padre es blanco, su madre no es más blanca que yo, y además, la niña es la causa de que me vea separado de mi mujer por más de doce años.
—¿Y yo qué tengo que ver con eso?
—Debía de tener algo, pues mi mujer ha sido la verdadera madre de la niña, como que la crió desde que nació, no pudiendo criar a la niña su madre por estar loca...
—El loco es Vd., exclamó Cecilia en alta voz.
Nemesia y seña Clara rodearon entonces a su amiga y trataron de llevársela para la sala. Pero se detuvieron al ver a Tondá, a Uribe, al oficial de éste y al mismo José Dolores Pimienta (bajo cuya protección implícita estaba Cecilia), que oyeron el grito y acudieron presurosos para averiguar lo que pasaba. El último nombrado fue el primero a preguntarla.