La carencia absoluta del alumbrado público, junto con la oscuridad de una noche sin luna, impedían ver claro los movimientos de los combatientes, no obstante la proximidad a que estaban del grupo espectador. Suponiendo que Dionisio tuviese el valor sereno de José Dolores, no tenía su agilidad y mucho menos su destreza en el manejo del cuchillo. Esto se echó de ver pronto, porque tras unos pocos esguinces y quites con el sombrero, se oyó primero un ruido extraño, como de tela nueva que se rasga con fuerza, y de seguidas el bronco de un cuerpo pesado que da en tierra. Cecilia y Nemesia dieron un grito penetrante y cerraron los ojos. ¿Quién de los dos había caído? ¡Momento de terrible ansiedad!

Mientras el caído continuaba gimiendo sordamente, el otro pareció acercarse a paso menudo hacia la calzada. En segundos, que no en minutos, salió de la densa oscuridad que le rodeaba, mucho más densa para los ojos de los que le aguardaban y que del sobresalto no podían ver claro. Venía riente, ligero como un gamo, envainaba el cuchillo y se ponía el sombrero hecho trizas. Era José Dolores Pimienta. Cecilia fue la primera a recibirle, y sin saber lo que hacía, por un impulso de su alma generosa y sensible, le echó los brazos al cuello, preguntándole con cariño:—¿Te han herido?

—¡Ni un arañazo! contestó él, tanto más orgulloso cuanto que sentía sobre su corazón la cabeza de la mujer a quien adoraba sin esperanza de correspondencia. En oyéndole ella, lloró de pura alegría cual la niña que recupera su muñeca cuando la juzgaba irrevocablemente perdida.


TERCERA PARTE

Capítulo I

Tú vistes de jazmines Al arbusto sabeo,
Y el perfume le das que en los jardines
La fiebre insana templará a Lieo.

A. Bello

Separose Leonardo Gamboa de su familia después de almuerzo en la dehesa o potrero de Hoyo Colorado, y en la amable compañía de Diego Meneses tomó por entre Vereda Nueva y San Antonio de los Baños, la vuelta de Alquízar, rumbo al sudoeste de su punto de partida.

A pocas leguas se hallaron en lo que llaman por ahí Tierra Llana, planicie extensa e igual, cuyo centro por esa parte lo ocupa la población últimamente nombrada. Su fondo es un calcáreo muy poroso y puro, cubierto de una capa de tierra rojiza, o color de ladrillo, a trechos bastante espesa y suelta, acusando el óxido de hierro de que está cargada y de una fertilidad prodigiosa. Con algunas interrupciones de nivel se dilata hacia el oeste hasta Callajabos, al pie de las serranías de la Vuelta Abajo y hacia el este hasta los últimos límites de Colón, siendo su latitud general estrecha.