—¡A, perro! Habías de ser esclavo. ¡Afuera!
En ese punto intervinieron Tondá, Uribe y el oficial de sastre, sin cuya presencia de seguro que se arma una riña sangrienta entre el galante músico y el desconocido de las grandes entradas. El oficial dicho le dio el nombre de Dionisio Gamboa, y habiéndole rodeado todos poco a poco, fueron empujándole hasta ponerle materialmente de patitas en la calle. Mientras se le llevaban así, volvía con frecuencia la cara y decía, dirigiéndose a Cecilia:—Se figura que es blanca y es parda. Su madre vive y está loca. Hablando después con Pimienta, decía:—Señor defensor de las niñas, sangre de chincha, el que la debe la paga. No se ha de quedar riendo. Ya nos veremos las caras. Al oficial de sastre, que le repetía:—Cállate la boca, Dionisio Gamboa, vete a cocinar a casa de tu amo, no te metas a farolero, porque pueden darte un bocabajo que te chupes los dedos; casaca, suelta a ese hombre, le decía:—Yo no me llamo Gamboa me llamo Jaruco. Y acuérdate que también me la debes.
Afectaron un tanto a Cecilia la conducta y sobre todo las palabras del negro de las entradas. Daba la casualidad que cuanto dijo respecto de sus padres, coincidía extrañamente con lo que ella misma había antes oído y sospechado. El lenguaje misterioso que empleaba la abuela siempre que del caballero que las favorecía se trataba, era bastante para hacerla pensar a veces que debía de tener con ella alguna otra relación que la de un mero galanteo, aun cuando no le pasara por la mente que fuese su padre el padre de su amante. Este no la amaría ni la prometería unión eterna si supiera, como debía saberlo, que ligaba a los dos tan cercano parentesco. Por lo tocante a su madre, la abuela, mejor autoridad que el cocinero de Gamboa, si bien no la aseguró jamás que hubiese muerto, no la afirmó tampoco que viviese, menos aun que estuviese loca. La mujer a quien seña Josefa solía visitar en el hospital de Paula, según lo poco que se le había escapado de los labios en momentos de vivo pesar y honda tristeza, no era hija suya, siquiera sobrina; tal vez pariente de pariente de una amiga íntima de la mocedad. El cocinero Dionisio Gamboa o Jaruco estaba por fuerza equivocado, repetía meros rumores, hablaba de memoria.
En tal virtud, y teniendo en cuenta la edad y carácter alegre de Cecilia, no es de extrañarse que, tras pasajera preocupación, se entregase de nuevo en brazos de los placeres que le brindaba el baile. Sin embargo, en medio del torbellino de la danza y del incienso de adulación con que los hombres pretendían embebecerla, la inquietaba a veces el pensamiento del riesgo que corría el hermano de su amiga Nemesia, por haberla defendido de los insultos de un loco o de un asesino.
Por eso, como mujer agradecida, desde aquel punto empezó a sentir por José Dolores una especie de simpatía que no había sentido nunca, y en descuento de la deuda contraída no tuvo empacho en manifestarle sus temores. Riose él de ganas al oírla, replicándole, quizás para tranquilizarla que el Dionisio Gamboa, Jaruco o lo que fuese, era un miserable esclavo, muy bocón para parársele delante fuera del baile, porque dice el refrán que perro que mucho ladra no muerde. Observole Cecilia que siendo esclavo y cobarde era más de temer, pues atacaría a traición, no cara a cara. Replicó a esto José Dolores, que, efectivamente, tenía que ir prevenido y con los ojos muy abiertos, no fuera que le dieran por la espalda; pero que por lo demás ya él se había armado con un cuchillo que le acababa de prestar un amigo, y que tenía que ser lince el hombre que le matase del primer viaje.
Después del ambigú y de otra danza entre las doce y la una de la madrugada, terminó el baile y cada cual marchó para su casa. Seña Clara, de brazo con Uribe, su marido; Cecilia y Nemesia con el hermano de ésta, en unión agradable se dirigieron a lo largo de las casuchas que había por aquel lado de la calzada, en dirección de la puerta de la muralla, llamada de Tierra por ser la más inmediata. Al acercarse a la primera esquina de la calle de Cienfuegos o Ancha, notó Cecilia la sombra de un hombre que, ganándoles la delantera, torció por allí a la derecha. Sospechó desde luego quién podría ser y trató de llamarle la atención a su compañero, al lado opuesto, indicándole el café nombrado de Atenas, solitario y oscuro, cerca de la estatua de Carlos III, a la entrada del paseo. Pero el hombre no pasó de largo cual ella esperaba; se plantó en la esquina y dijo alto:—Sinvergüenza, sangre de chincha, ven para acá, si eres guapo.
Preciso era que José Dolores tuviese sangre de ese insecto para que se desentendiese de un desafío semejante, hecho delante de la dama de sus pensamientos. Hizo, pues, por desprenderse de sus compañeras, las cuales, sujetándole cada una por un brazo, habrían conseguido el intento si no acude en su ayuda Uribe diciendo a las muchachas:
—Dejen que le dé una mojada.
Así fue. José Dolores sacó el cuchillo, tomó el sombrero en la mano izquierda para usarle como la capa el matador delante del toro, y siguió los pasos del contrario sin acercarse demasiado.
Cecilia, con Nemesia y seña Clara, agarradas de las manos y de Uribe, todas temblorosas y con la ansiedad que es de imaginar, se estuvieron a esperar cerca de la esquina el resultado de una lucha que no podía menos de ser sangrienta. A poco más oyeron la voz argentina de José Dolores que dijo:—Aquí; y la ronca del negro que respondió:—Aquí. Y comenzó sin más la horrible brega.